Las guías introductorias de libcom

Este es un conjunto de artículos introductorios escritos o compilados por libcom.org en los que se abordan de forma clara distintos temas, asuntos e ideas.

libcom.org: una introducción

libcom.org es una herramienta para todas aquellas personas que desean luchar por mejorar sus vidas, sus comunidades y sus condiciones de trabajo. Queremos discutir, aprender de los éxitos y los fracasos del pasado y desarrollar estrategias para aumentar el poder que, como gente común y corriente, tenemos sobre nuestras propias vidas.

El problema
Todos los días nos levantamos para ir al trabajo y recibir órdenes de un supervisor. Nos sentamos en la oficina contando los minutos para irnos a casa, contando los días que faltan para el fin de semana, contando los meses que faltan para nuestras siguientes vacaciones, desperdiciando nuestras vidas. O peor, no podemos encontrar un trabajo, teniendo que arreglárnosla con los subsidios. Nos preocupamos de pagar las cuentas y el alquiler, y pareciera que siempre tenemos el mismo balance de cuenta a fn de mes. Nos preguntamos si seríamos capaces de ahorrar algo para algún día formar una familia, y pensamos que quizá el próximo año. Nos enojamos por la última guerra que el gobierno decide comenzar, y nos ignoran nuevamente. Vemos las últimas noticias acerca del cambio climático y nos preguntamos si nuestros hijos tienen acaso un futuro.

El problema es que todos los días recreamos un mundo que no ha sido construido para servir a nuestras necesidades y que no está bajo nuestro control. No somos seres humanos, somos recursos humanos, piezas en una máquina que conoce un solo propósito: la ganancia. La eterna persecución de ganancia nos mantiene atrapados en trabajos aburridos, o en su búsqueda cuando no tenemos uno. Nos mantiene preocupados por el alquiler o los pagos de hipoteca mes a mes, cuando nuestras casas fueron construidas y pagadas hace mucho tiempo. Mantiene al planeta en el curso de un desastre ambiental a medida que el cambio climático se acelera y los líderes mundiales pontifican.

En este mundo todo tiene su precio. Cada día, más y más cosas entran en el mercado. Un siglo atrás fueron los automóviles, hoy incluso el ADN y la atmósfera terrestre tienen un precio. Para aquellas cosas que más disfrutamos en la vida –la amistad, el amor, jugar –la idea de darles un precio es absurda o incluso obscena. La idea nos parece absurda pues el mercado no opera bajo los mismos principios que nosotros. Las ‘fuerzas del mercado’ dejan a miles de millones muriendo de hambre en un mundo con superávit de comida. A millones se les niega medicina para el SIDA mientras las compañías farmacéuticas gastan la mitad de sus presupuestos en marketing y administración. El mercado no reconoce las necesidades humanas a menos que éstas sean devueltas con dinero. La única manera de obtener el dinero es trabajando para un jefe o pedir un subsidio. Al trabajar para un jefe, nuestros propios cuerpos y mentes entran en el mercado como cosas que se compran y venden.

Cuando trabajamos, creamos más cosas de las que pueden ser vendidas en el mercado. Pero no se nos paga el valor completo de lo que producimos; de otro modo, no quedaría nada en forma de utilidad para los patrones. Si la empresa no puede generar utilidades lo suficientemente altas, cerrará, seremos despedidos por reducción de personal y el dinero será invertido en algún otro lugar. Los intereses de los patrones no son los mismos que los nuestros. El problema con el mercado no es que los precios sean demasiado altos o los víveres demasiado escasos. El problema no es mucha o poca regulación. El problema es que todo tiene un precio. En el mundo del Mercado, las necesidades humanas solo aparecen si las personas resultan ser lo suficientemente ricas para satisfacerlas. Los gobiernos del mundo trabajan todos para mantener este orden, a veces con las zanahorias de la democracia y el bienestar social, y a veces con los garrotes de la dictadura y la guerra. Este no es nuestro mundo.

Cada día, gente común da la pelea. Los trabajadores se organizan, hacen huelga, hacen tomas y revueltas, poniéndose de pie por las necesidades humanas en un mundo inhumano. El sitio es para ellos. Para ti. Para nosotros. Para aquellos que no tenemos nada más que vender que nuestra fuerza de trabajo y nada más que perder que nuestras cadenas. Para aquellos cuyas vidas succiona como un vampiro este insensible mundo. Cuando nos levantamos por nuestras necesidades anunciamos un mundo diferente, un mundo basado en el principio ‘de cada quien según su capacidad, a cada quien según su necesidad’. Un mundo de libertad y comunidad: el comunismo libertario.

Las ideas
El nombre libcom es una abreviación de “libertarian communism” [comunismo libertario], la idea política con la que nos identificaos. El comunismo libertario es una expresión de las siempre presentes tendencias a la cooperación y la solidaridad en las sociedades humanas. Estas corrientes de apoyo mutuo pueden ser encontradas por toda la sociedad; en pequeños ejemplos cotidianos como personas organizando colectivamente una comida, o ayudando a un extraño a bajar un cochecito por un tramo de escaleras. Pueden manifestarse también en formas más visibles, como cuando un grupo de trabajadores hace una huelga en solidaridad con otros trabajadores como hicieron los despachadores de equipaje de British Airways por sus compañeros del catering aéreo de Gate Gourmet en 2005. Pueden también explotar y volverse una fuerza predominante en la sociedad como en los acontecimientos a lo largo de Argentina el 2001, y en Grecia hoy, en Kwanju, Corea del Sur, en 1980, Protugal en 1974, Francia en 1968, Hungría el ’56, España en 1936, Rusia en 1917, Paris en 1871, etc…

Nos identificamos principalmente con las corrientes de solidaridad, cooperación y lucha de los trabajadores a través de la historia, independientemente de si se definían conscientemente comunistas libertarias (como en la Revolución Española) o no. Recibimos también la influencia de ciertas tradiciones teóricas y prácticas específicas, como el comunismo anárquico, el anarco-sindicalismo, la ultra izquierda, el comunismo de izquierda, el Marxismo libertario, el comunismo consejista y otras. Simpatizamos con escritores y organizaciones que incluyen a Karl Marx, Gilles Dauvé, Maurice Brinton, el grupo Wildcat de Alemania, la Anarchist Federation, la Solidarity Federation, el sitio prole.info, el periódico Aufheben, el grupo Solidarity, los situacionistas, la CNT española y otros.

Sin embargo, reconocemos las limitaciones de aplicar estas ideas y formas organizacionales a la sociedad contemporánea. Ponemos énfasis en comprender y transformar las relaciones sociales que experimentamos en el aquí y ahora en nuestras vidas día a día, para mejorar nuestra situación y proteger al planeta, a la vez que aprender de los errores y los éxitos de movimientos e ideas pasadas de la clase trabajadora.

El sitio
El sitio contiene noticias y análisis de luchas obreras, discusiones y un archivo en crecimiento constante de aproximadamente 10,000 artículos que son contribución de nuestros más de 10,000 usuarios y que van desde historia y biografías hasta textos teóricos, pasando por libros completos y panfletos. Hemos incorporado muchísimos otros archivos online con el pasar de los años y además tenemos cientos de textos exclusivos, escritos o escaneados por o para nosotros. Somos completamente independientes de todo sindicato y partido político; el sitio está financiado por completo por las cuotas de nuestros administradores voluntarios y por las donaciones de los usuarios.

Si piensas que podrías estar de acuerdo con nosotros, ¿por qué no registrarse y participar?

Historia del sitio
v.4.1 – Marzo de 2007 – Importante actualización de la infraestructura Drupal del sitio y nuevo look.
v.4 – Verano de 2006 – Nos convertimos en Web2.0; el sitio completo es soportado en Drupal, dándole mayor control e interactividad.
v.3 – Mayo de 2005 – Cambiamos el nombre del sitio a libcom.org y agregamos nuevas secciones (biblioteca), además de actualizar el contenido viejo.
v.2 – Mayo de 2004 – Rediseñamos, desechando el apagado gris y en miras de un sitio más accesible y de fácil lectura, agregando la sección de historia.
v.1 – Septiembre de 2003 – Lanzamiento público, adoptando el formato gris/blanco y golpeando al mundo con nuestras ideas y proyecto.
v.0 – Octubre de 2002 – Se funda enrager.net: un sitio personal que alojaba un par de textos y algunas imágenes.

El capitalismo: una introducción

Breve introducción de libcom.org al capitalismo y su funcionamiento.

En sus orígenes, el capitalismo es un sistema económico basado en tres cosas: trabajo asalariado (trabajar por un salario), propiedad privada o control de los medios de producción (fábricas, maquinaria, granjas y oficinas) y producción del bien o servicio producidos con vistas a obtener un beneficio.

Aunque algunas personas posean los medios de producción, o el capital, no es el caso de la mayoría de nosotros. Para sobrevivir, tenemos que vender nuestra capacidad de trabajo a cambio de un salario o arreglárnoslas con las prestaciones sociales. Este primer grupo de personas es la clase capitalista o la "burguesía", en la jerga marxista, y el segundo grupo es la clase trabajadora o el "proletariado". En nuestra introducción a la clase encontrarás más información sobre este término.

El capitalismo se basa en un sencillo proceso: el dinero se invierte para generar más dinero. Cuando el dinero funciona de esta forma, funciona como capital. Por ejemplo, cuando una empresa utiliza sus beneficios para contratar a más personal o abrir nuevas instalaciones, obteniendo de esta forma mayores beneficios, el dinero funciona como capital. Conforme se incrementa el capital (o crece la economía), se habla de "acumulación de capital", la fuerza impulsora de la economía.

A aquellos que acumulan el capital les va mucho mejor cuando consiguen desplazar los costes a otros. Si las empresas pueden reducir costes por no proteger el medio ambiente o pagando salarios de talleres de explotación laboral, lo harán. Así pues, el catastrófico cambio climático y la pobreza generalizada son signos del funcionamiento normal del sistema. Además, para que el dinero llame al dinero, deben poder intercambiarse por dinero cada vez más cosas. Por lo tanto, la tendencia es que todo, desde los artículos cotidianos a las secuencias de ADN, pasando por las emisiones de dióxido de carbono —y, fundamentalmente, nuestra capacidad de trabajo—, se acabe mercantilizando.

Y es este último punto —la mercantilización de nuestras capacidades creativas y productivas, nuestra capacidad de trabajo— el que encierra el secreto de la acumulación de capital. El dinero no se convierte en más dinero por arte de magia, sino por el trabajo que hacemos cada día.

En un mundo en el que todo está a la venta, todos tenemos algo que vender para poder comprar las cosas que necesitamos. Aquellos de nosotros que no tenemos nada que vender salvo nuestra capacidad de trabajo debemos venderla a aquellos que poseen las fábricas, las oficinas, etc. Y, por supuesto, las cosas que producimos en el trabajo no son nuestras, pertenecen a nuestros jefes o patronos.

Por otra parte, debido a las largas jornadas laborales o al incremento de la productividad, entre otras cosas, producimos mucho más de lo necesario para seguir manteniéndonos como trabajadores. Los salarios que nos pagan más o menos equivalen al coste de los productos necesarios para que podamos vivir y no perdamos la capacidad de trabajar cada día. Por eso, a final de mes, el saldo de nuestra cuenta bancaria apenas es distinto al del mes anterior. La diferencia entre los salarios que recibimos y el valor que creamos es la forma en que se acumula el capital o se obtienen los beneficios.

Esta diferencia entre los salarios que recibimos y el valor que creamos se llama "plusvalía". Que los empleadores extraigan esa plusvalía es la razón por la que consideramos el capitalismo un sistema basado en la explotación, la explotación de la clase obrera. Este es un caso práctico del funcionamiento de un restaurante capitalista , por ejemplo.

Este proceso es esencialmente el mismo para todo el trabajo asalariado, no sólo el de las empresas privadas. Los trabajadores del sector público también se enfrentan a ataques constantes a sus salarios y condiciones laborales con el objeto de reducir costes y maximizar los beneficios en la economía en su conjunto.

La economía capitalista también depende del trabajo no remunerado de las mujeres trabajadoras en su mayoría.

Competencia

Para poder acumular capital, nuestro jefe debe competir en el mercado con jefes de otras empresas. No pueden permitirse ignorar las fuerzas del mercado o perderán terreno antes sus rivales, dejarán de ganar dinero, quebrarán, serán absorbidos y, al final, ya no serán nuestro jefe. Por lo tanto, ni siquiera los jefes controlan realmente el capitalismo, el capital en sí. Por eso podemos hablar del capital como si tuviera voluntad o intereses propios, así que, con frecuencia, hablar de "capital" es más preciso que hablar de patronos.

Tantos los patronos como los trabajadores están alienados por este proceso, pero de formas distintas. Desde la perspectiva de los trabajadores, nuestra alienación pasa por estar controlados por nuestro patrón y éste la experimenta a través de las fuerzas impersonales del mercado y la competencia con otros patronos.

Por este motivo, los patrones y los políticos se ven impotentes frente a las "fuerzas del mercado", ya que ambos tienen que actuar de una forma que conduzca a la acumulación continuada (¡y en cualquier caso, les sale a cuenta!). No pueden actuar en defensa de nuestros intereses, ya que todas las concesiones que nos otorguen ayudarán a sus competidores a nivel nacional o internacional.

Así que, por ejemplo, si una empresa desarrolla una nueva tecnología para fabricar vehículos que duplique la productividad, puede prescindir de la mitad de sus trabajadores, incrementar sus beneficios y reducir el precio de sus coches para debilitar a la competencia.

Si otra empresa quiere portarse bien con sus empleados y no echarlos, al final se verá obligada a abandonar su negocio o se verá absorbida por su competidor más implacable, por lo que también tendrá que incorporar nueva maquinaria y acabar despidiendo a gente para seguir siendo competitiva.

Obviamente, si las empresas tuvieran vía libre para hacer lo que les pareciera bien, pronto surgirían monopolios y se asfixiaría a la competencia, lo cual llevaría al estancamiento total del sistema. Por consiguiente, el Estado interviene en nombre de los intereses a largo plazo del capital en su conjunto.

El Estado

La principal función del Estado en la sociedad capitalista es mantener dicho sistema y contribuir a la acumulación del capital.

Como tal, el Estado recurre a leyes represivas y a la violencia contra la clase obrera cuando intentamos promover nuestros intereses frente al capital. Puede aprobar leyes antihuelga o enviar a la policía o a los militares para disolver huelgas y manifestaciones.

Bajo el capitalismo, el tipo "ideal" de Estado en la actualidad es el liberal democrático. Sin embargo, con el objeto de seguir acumulando capital de vez en cuando, se recurre a distintos sistemas políticos. El capitalismo de Estado en la URSS y el fascismo en Italia y Alemania son dos modelos representativos que fueron necesarios para que las autoridades de la época absorbieran y derrotaran los poderosos movimientos obreros, movimientos que amenazaban la propia continuidad del capitalismo.

Cuando los excesos de los patronos provocan que los trabajadores se defiendan, además de la represión, el Estado interviene en ocasiones para garantizar que se restablece la normalidad sin alteraciones. Por esta razón existen las leyes nacionales e internacionales que protegen los derechos de los trabajadores y el medio ambiente. Generalmente el poder y la ejecución de estas leyes fluctúan en relación con el equilibrio de poder entre los empleadores y los empleados en un momento y lugar dados. Por ejemplo, en Francia, donde los trabajadores están mejor organizados y son más militantes, la jornada laboral máxima es de 35 horas semanales. En Reino Unido, donde los trabajadores son menos combativos, el máximo es de 48 horas y en Estados Unidos, donde los trabajadores son aún menos propensos a convocar huelgas, no hay ningún máximo fijado.

Historia

El capitalismo se presenta como un sistema "natural", formado un poco como montañas y masas terrestres por fuerzas que se escapan al control humano, como si se tratase de un sistema económico que resulta en última instancia de la naturaleza humana. No obstante, no fue establecido por "fuerzas naturales", sino por una violencia intensa y masiva ejercida en todo el planeta. Primero, en los países "avanzados", las leyes de cercamiento provocaron que los campesinos autosuficientes de las tierras comunales tuvieran que trasladarse a la ciudad para trabajar en fábricas. Toda resistencia fue sofocada. Las personas que se opusieron al trabajo asalariado quedaron sujetas a las leyes de vagos y maleantes y fueron encarceladas, sometidas a tortura, deportación o ejecución. En Inglaterra, sólo bajo el reinado de Enrique VIII, 72.000 personas fueron ejecutadas por vagabundeo.

Más tarde el capitalismo se propagó por la invasión y la conquista de los poderes imperialistas occidentales en todo el mundo. Civilizaciones enteras fueron brutalmente destruidas; comunidades, expulsadas de sus tierras y forzadas al trabajo asalariado. Los únicos países que evitaron ser conquistados fueron aquellos, como Japón, que adoptaron el capitalismo para competir con otros poderes imperialistas. En todos los lugares en los que prosperó el capitalismo, los campesinos y los primeros trabajadores resistieron, pero al final fueron derrotados por el terror de masas y la violencia.

El capitalismo no surgió como una serie de leyes naturales que provienen de la condición humana: fue difundido por la violencia organizada de la élite. El concepto de propiedad privada de la tierra y los medios de producción puede parecer ahora el estado natural de las cosas, pero debemos recordar que se trata de un concepto creado por el hombre y aplicado a través de la conquista. De manera similar, la existencia de una clase de personas con nada que vender aparte de su fuerza de trabajo no es algo que siempre haya sido así: la tierra común compartida por todos fue tomada por la fuerza y los desposeídos, forzados a trabajar por un salario so pena de inanición o incluso de ejecución.

Según fue avanzando, el capital creó una clase obrera global compuesta por la mayoría de la población del mundo a la cual explota pero de la cual también depende. Como escribió Karl Marx : "La burguesía produce, ante todo, sus propios sepultureros".

El futuro

El capitalismo tan sólo existe desde hace 200 años como el sistema económico dominante en el planeta. Comparado con el medio millón de años de existencia humana, se trata de un lapsus en el tiempo y, por tanto, sería ingenuo suponer que durará para siempre.

Depende totalmente de nosotros, la clase obrera, y de nuestro trabajo, que debe explotar. Así pues, tan sólo perdurará siempre y cuando se lo permitamos.

Más información

La clase: una introducción

La siguiente es una explicación de lo que para nosotros en Libcom.org significa la palabra “clase,” y términos relacionados, por ejemplo “clase trabajadora” y “lucha de clases.”

Introducción

Para empezar, podemos decir que hay varias maneras de referirse a clase. Muchas veces, cuando la gente habla de clase, lo hace en términos culturales y/o sociológicos. Por ejemplo a la gente de la clase media le gusta las películas extranjeras, a la de la clase obrera le gusta el fútbol y a la de la clase alta la ropa sofisticada, etc.

Pero otra manera de interpretar clase está basada en las posiciones económicas. Nosotros hablamos de clase en este sentido porque es esencial para entender las funciones de una sociedad capitalista, y como consecuencia entender como cambiarla.

Es importante enfatizar que nuestra definición de clase no sirve para clasificar individuos, ni para encajonarlos sino para entender las fuerzas que dan forma a nuestro mundo, las razones para el comportamiento de nuestros jefes y políticos, y como actuar para mejorar nuestras condiciones.

Clase y Capitalismo

El sistema económico dominante en el mundo actual es el capitalismo.

Capitalismo es esencialmente un sistema basado en la auto-expansión del capital – la mercadería y dinero que son usados para incrementar mercaderías, y aún más dinero.

Esto no ocurre por magia, sino por la labor humana. Por el trabajo que cumplimos, se nos paga solo un porcentaje de lo que producimos. La diferencia entre el valor de lo que producimos y el sueldo que se nos paga es la “plusvalía” que hemos producido. El jefe retiene este valor como su lucro, y lo re-invierte para ganar mas dinero, o para comprarse piscinas, sacos de piel, o lo que sea.

Para que esto ocurra, una clase de gente debe crearse, quien no posea ningún medio de producción (como oficinas, fabricas, o terrenos para agricultura u otros medios). Luego, esta clase debe vender su propia habilidad para trabajar, a fin de poder comprar servicios esenciales y artículos y servicios necesarios para sobrevivir. Esta es la clase trabajadora.

Entonces a un extremo del espectro está esta clase sin nada que vender mas que su habilidad para trabajar. Al otro extremo quedan los dueños de capital, que contratan trabajadores para incrementar su capital. Los individuos en la sociedad caerán dentro de estos dos extremos, pero lo que es importante desde el punto de vista político no son las posiciones de los individuos, si no la relación social entre clases.

La Clase Obrera

La clase obrera también conocida como “proletaria” es la clase forzada a trabajar por un sueldo, o a reclamar beneficios si es que no puede encontrar trabajo, o están demasiado enfermos o de edad muy avanzada para trabajar. Ósea vendemos nuestro tiempo y energía al jefe para su beneficio.

Nuestro trabajo es la base de esta sociedad. El hecho de que esta sociedad se basa en el trabajo que hacemos, a la vez que se nos aprieta para maximizar ganancias, es justo lo que hace que la sistema de clase sea vulnerable.

Lucha de clases

Cuando estamos en el trabajo, nuestro tiempo y actividades no nos pertenecen. Tenemos que obedecer al reloj alarma, la tarjeta de asistencia, los jefes, los objetivos, y las fechas límite.

El trabajo ocupa la mayor parte de nuestras vidas. Podemos ver a nuestros jefes mas que a nuestros amigos y parejas. Aunque gocemos de algo del trabajo, esto se manifiesta como una experiencia ajena sobre la cual tenemos poco control. Esta realidad se nota cuando hablamos de la vida cotidiana del trabajo mismo, o de la cantidad de horas, descansos, tiempo libre, etc.

Cuando nos fuerzan a trabajar bajo estas condiciones, nos obligan al desafío.

Los empleadores y patrones quieren extraer lo máximo de nosotros, desde las horas más largas por el pago mínimo. Por otro lado, nosotros queremos disfrutar nuestras vidas: no queremos trabajar en exceso y deseamos horas cortas con mejor pago.

Este antagonismo es central en el capitalismo. Hay fuerzas opuestas entre estas dos partes: los empleadores bajan el pago, aumentan las horas, y aceleran el ritmo del trabajo. Pero tratamos de resistirnos: en secreto o individuamente, tomándolo con calma, aprovechando de momentos para descansar y hablar con colegas, pidiendo permiso por enfermedad, o saliendo del trabajo temprano. O también podemos oponernos abierta y colectivamente con huelgas, retrasos, ocupaciones, etc.

Esto es la lucha de clases. El conflicto entre los que trabajamos por un sueldo y nuestros empleadores y gobiernos, a veces conocidos como la clase capitalista o ‘burguesía’ en la jerga Marxista.

Cuando resistimos la imposición del trabajo, decimos que nuestras vidas son mas importantes que el lucro de nuestro jefe. Esto es un ataque contra la naturaleza del capitalismo, en la cual el lucro vale mas que todo, y nos muestra la posibilidad de un mundo sin clases, sin control privado de los medios de producción. Somos la clase obrera resistiendo nuestra misma existencia. Somos la clase obrera luchando contra la sistema de clase, y el trabajo.

Mas allá del centro de trabajo

La lucha de clases no solo ocurre en el centro de trabajo. El conflicto de clases se revela en muchos aspectos de la vida.

Por ejemplo, la vivienda de interés social es algo que preocupa a toda gente de la clase obrera. Sin embargo, ‘asequible’ para nosotros quiere decir ‘improductivo’ para ellos. En la economía capitalista, mas vale construir alojamientos de lujo (aunque hayan miles de personas sin vivienda) que viviendas asequibles donde gente de la clase trabajadora pueda vivir. Entonces las luchas para defender las viviendas de interés social, o la ocupación de propiedades vacías también forman parte de la lucha de clases.

Del mismo modo, la prestación de servicios de salud también puede dar lugar al conflicto de clases. Los gobiernos o compañías intentan reducir costos de servicios de salud al cortar presupuestos e introducir pagos por servicios, de modo que la carga de costos es puesta en la clase obrera; sin embargo, nosotros queremos los mejores servicios de salud por un costo mínimo.

La “clase media”

Mientras que los intereses económicos de los capitalistas son directamente opuestos a los que corresponden a los trabajadores, una cierta minoría de la clase obrera vivirá en mejores circunstancias que otras – hasta logrando algún poder sobre los demás. Cuando hablamos de la historia y cambios sociales, puede ser útil referirnos a esta sección del proletariado como la “clase media,” aunque no sea una clase económica distinta, con el fin de entender el comportamiento de diferentes agrupaciones.

A veces, la lucha de clases puede ser descarrilada al crearse o extenderse la clase media. Por ejemplo, en el Reino Unido, durante las luchas de los años 80, Margaret Thatcher alentó el incremento de propietarios de viviendas particulares al vender viviendas de interés social a bajo precio, sabiendo que era menos probable que los trabajadores que mantenían hipotecas provoquen huelgas, permitiendo que algunos trabajadores individualmente vivan mejor que otros, negando la causa colectiva. Cuando el apartheid fue anulado en Sud África, la creación de una clase media de negros contribuyó en parte al debilitamiento de las luchas de trabajadores. Ahí se permitió una movilidad social limitada, ofreciendo a algunos trabajadores negros participación en el Sistema.

Los jefes constantemente tratan de dividir a la clase trabajadora material y sicológicamente, sea con la diferencia de sueldos, situación profesional, raza y/o género.

Debemos enfatizar nuevamente que usamos estas definiciones de clase para entender como funcionan las fuerzas sociales en el trabajo, y no para calificar individuos ni determinar como ciertos individuos se comportarán bajo diferentes situaciones.

Conclusión

Hablar de clase en el sentido político, no se trata de que acento se tiene sino del conflicto básico que define el capitalismo: los que tenemos que trabajar para vivir contra los que se benefician de nuestro trabajo. Cuando luchamos por nuestros propios intereses y necesidades contra los mandatos del capital y el mercado, establecemos las bases para una diferente sociedad – una sociedad basada en el cumplimiento directo de nuestras necesidades: una sociedad comunista libertaria.

Mas información

El Estado: una introducción

Una breve introducción a lo que en libcom.org entendemos cuando nos referimos al Estado y cómo pensamos que debería ser nuestra relación con el mismo en tanto que trabajadores.

Este artículo en: Français | Inglés

Los Estados tienen muchas formas y tamaños: democracias y dictaduras, aquellos con un gran sistema de previsión social, aquellos con ninguno en absoluto, algunos que permiten una gran libertad individual y otros que no...

Pero estas categorías no están grabadas en piedra. Las democracias y las dictaduras tienen su apogeo y decadencia, los sistemas de bienestar social se establecen y retiran mientras que las libertades civiles se amplían o socavan.

No obstante, todos los Estados comparten características clave que los definen en su esencia.

¿Qué es el Estado?

Todos los Estados tienen las mismas funciones básicas en el sentido de que son una organización de todas las instituciones legislativas y ejecutivas dentro de un territorio concreto. Y, lo más importante, una organización controlada y dirigida por una pequeña minoría.

Por lo tanto, a veces un Estado consistirá en un parlamento con políticos electos, un sistema judicial independiente y una policía y un ejército que hagan cumplir sus decisiones. En otras ocasiones, todas estas funciones se superponen, como en las dictaduras militares, por ejemplo.

Pero la capacidad, dentro de una competencia concreta, de tomar decisiones políticas y legales —y de ejecutarlas, con violencia si es necesario— es la característica básica de todos los Estados. Fundamentalmente el Estado reclama para sí el monopolio sobre el uso legítimo de la violencia, dentro y fuera de su territorio. Como tal, el Estado está por encima del pueblo al que gobierna y de todos aquellos que están sujetos a él dentro de su territorio.

El Estado y capitalismo

En la sociedad capitalista, el éxito o el fracaso de un Estado depende, como no es de extrañar, del éxito del capitalismo en el que se enmarca.

En esencia, esto significa que, dentro de su territorio, se obtienen beneficios para que la economía se expanda. Posteriormente, el gobierno se hace con su parte, en forma de impuestos, para financiar sus actividades.

Si los negocios de un país están registrando buenos beneficios, la inversión se trasladará a industrias rentables, empresas que contratarán a trabajadores que conviertan su inversión en dinero. Estas y sus trabajadores pagarán los impuestos de este dinero, los cuales harán que el Estado siga funcionando.

Pero si no hay tantos beneficios, la inversión irá a otro lugar, a regiones donde los beneficios sean mayores. Las empresas cerrarán, los trabajadores serán despedidos, los ingresos fiscales caerán y las economías locales se hundirán.

Por lo tanto, promover los beneficios y el crecimiento de la economía es la tarea clave de cualquier Estado en una sociedad capitalista, incluidas las economías capitalistas de Estado que afirman ser "socialistas", como China o Cuba. Lee nuestra introducción al capitalismo aquí.

La economía

Como fomentar la economía es una tarea clave del Estado, repasemos los bloques de construcción fundamentales para una economía capitalista sana.

Trabajadores

La primera necesidad de una economía capitalista sólida es la existencia de un grupo de personas dispuestas a trabajar para convertir el dinero de los capitalistas en más dinero: la clase obrera. Para ello hace falta desposeer a la mayoría de la población de la tierra y de sus medios de subsistencia para que la única forma de que pueda sobrevivir sea vendiendo su capacidad de trabajo a aquellos que la pueden comprar.

Esta desposesión se ha producido a lo largo de los últimos siglos en todo el mundo. En los primeros días del capitalismo, a los patronos les costaba mucho que los campesinos, que podían producir lo suficiente para vivir de la tierra, fueran a trabajar a sus fábricas. Para poner remedio a esta situación, el Estado recurrió a la violencia para obligarlos a que abandonaran las tierras comunales, aprobó leyes que prohibían el vagabundeo y les forzó a trabajar en fábricas bajo amenaza de ejecución.

Hoy en día, esto ya ha ocurrido a la gran mayoría de las poblaciones del mundo. Sin embargo, en algunos lugares del denominado mundo "en desarrollo", el Estado sigue ejerciendo esta función de desplazar a personas para abrir nuevos mercados para los inversores. Lee nuestra introducción a la clase aquí.

Propiedad

Un segundo requisito fundamental es el concepto de propiedad privada. Aunque muchos tuvieran que ser expropiados para crear una clase obrera, la propiedad de la tierra, los edificios y las fábricas en manos de una pequeña minoría de la población tan sólo podía mantenerse a través de un cuerpo de violencia organizada, un Estado. Hoy en día, los defensores del capitalismo apenas hacen mención a esto. Sin embargo, en sus orígenes, se reconocía abiertamente. En palabras del economista político liberal, Adam Smith:

Quote:
Las leyes y el gobierno, y esto es un hecho en todos los casos, pueden ser considerados como una coalición de los ricos para oprimir a los pobres y para preservar en su beneficio la desigualdad de bienes que, de otra forma, sería destruida por los ataques de los pobres que, si el gobierno no se lo impidiera, reducirían a los demás a una igualdad con ellos mismos mediante la violencia política.

Esta afirmación sigue vigente hoy en día, ya que las leyes tratan principalmente de proteger la propiedad en vez de a las personas. Por ejemplo, no es ilegal que los especuladores intervengan en el suministro de alimentos, creando escasez para que los precios suban mientras el pueblo se muere de hambre, pero es ilegal que los hambrientos roben comida.

¿Qué hace el Estado?

Los distintos Estados realizan distintas tareas, desde suministrar comidas gratuitas a las escuelas hasta mantener una ortodoxia religiosa. Pero, como mencionamos arriba, la función principal de todos los Estados en una sociedad capitalista es proteger y fomentar la economía y obtener beneficios.

No obstante, como los negocios compiten de forma constante entre sí, tan solo se preocupan por sus intereses económicos inmediatos, por lo que a veces perjudican a la economía en general. Por consiguiente, en ocasiones el Estado tiene que intervenir para ver por los intereses a largo plazo de la economía en su conjunto.

Así pues, los Estados educan y forman a la futura mano de obra del país y construyen infraestructuras (ferrocarriles, medios de transporte públicos, etc.) para que podamos acudir a trabajar y transportar mercancías con facilidad. A veces, los Estados protegen las empresas nacionales de la competencia internacional gravando sus bienes cuando entran en el país o amplían sus mercados internacionalmente a través de guerras y misiones diplomáticas con otros Estados. En otras ocasiones ofrecen exenciones fiscales y subvenciones a la industrias o incluso las rescatan del todo si son demasiado importantes.

Estas medidas a veces chocan con los intereses de las empresas o industrias particulares. Sin embargo, no cambia el hecho de que el Estado actúa en interés de la economía en su conjunto. De hecho, se puede considerar básicamente como una forma de que los diferentes capitalistas diriman sus conflictos acerca de cómo hacerlo.

Estado de bienestar

Algunos Estados también prestan muchos servicios que protegen a las personas de los peores efectos de la economía. Sin embargo, en contadas ocasiones (por no decir nunca) esto ha sido resultado de la generosidad de los políticos, sino de presiones ejercidas desde abajo.

Tras la Segunda Guerra Mundial, Reino Unido fue testigo de la construcción del estado de bienestar. Entre otras cosas, se prestó asistencia sanitaria y se facilitaron viviendas a las personas necesitadas. Sin embargo, esto fue así porque los políticos temían que el final de la guerra provocara el mismo levantamiento revolucionario que después de la Primera Guerra Mundial como con las revoluciones rusa y alemana, el Biennio Rosso en Italia y los motines de la Armada Británica, entre otros acontecimientos.

Este temor estaba justificado. Hacia el final de la guerra, fue creciendo el malestar entre las clases obreras de las naciones en guerra. Los soldados que regresaban ocupaban casas vacías y se generalizaban las huelgas y las protestas. En 1943 el diputado conservador Quitin Hogg resumió el ambiente que se respiraba entre los políticos con estas palabras: "Si no les contestamos con reformas, con contestarán con la revolución".

Esto no significa que las reformas sean "contrarrevolucionarias". Tan sólo significa que el Estado no es el motor de la reforma; nosotros, la clase trabajadora, y más concretamente, nuestra lucha, lo es.

Cuando nuestras luchas llegan a un punto en el que no pueden ser ignoradas o reprimidas por más tiempo, el Estado interviene para otorgar reformas. Y después nos pasamos los siguientes 100 años escuchando a la gente decir una y otra vez el "gran reformista" que fue fulano de tal, aunque fueran nuestras luchas las que les obligaron a aplicar dichas reformas.

Cuando actuamos como una clase y estamos organizados y somos militantes, se aprueban las reformas sociales. Pero cuando la militancia es reprimida o se disipa, nuestros logros son socavados. Se recortan los servicios públicos y se van vendiendo poco a poco, se reducen las prestaciones sociales, se introducen o aumentan las tasas por disfrutar de dichos servicios y se recortan los salarios.

De por sí, el bienestar y el servicio público que se otorga a la clase trabajadora en una sociedad marca básicamente el equilibrio de poder entre patronos y obreros. Por ejemplo, la clase obrera francesa tiene un nivel de organización y militancia más alto que la americana. En consecuencia, los trabajadores franceses suelen tener mejores condiciones de trabajo, una semana laboral más corta, una jubilación anticipada y mejores servicios sociales (como la asistencia sanitaria o la educación), independientemente de si el gobierno en el poder es de izquierdas o de derechas.

¿Un Estado de los trabajadores?

Durante décadas, además de la lucha en el lugar de trabajo y en las calles, muchos trabajadores han intentado mejorar sus condiciones a través del Estado.

Los métodos concretos han variado en función del lugar y el contexto histórico, pero, fundamentalmente, han adoptado dos formas principales: crear o respaldar a partidos políticos candidatos en las elecciones y que supuestamente actúan en interés de los trabajadores o, de forma más radical, hacer que el partido se haga con el poder político y se establezca un gobierno de los trabajadores a través de la revolución. Vamos a analizar brevemente dos ejemplos representativos que demuestran la futilidad de estas tácticas.

El Partido Laborista

El Partido Laborista del Reino Unido fue creado por los sindicatos en 1906. Pronto adoptó el objetivo declarado de crear una sociedad socialista.

No obstante, enfrentados a la realidad de estar en el Parlamento y, por tanto, a la dependencia de una economía capitalista sólida, pronto abandonaron sus principios y, de forma constante, respaldaron políticas contrarias a la clase obrera tanto en la posición como posteriormente en el gobierno.

Pasaron por respaldar la matanza imperialista de la Primera Guerra Mundial, asesinar a los obreros en el extranjero para mantener el Imperio Británico, recortar brutalmente los salarios o incluso enviar tropas contra los estibadores en huelga.

Cuando la clase obrera pasaba a la ofensiva, los laboristas garantizaban algunas reformas, al igual que los demás partidos. Pero al igual que estos también, cuando la clase trabajadora se retraía, socavaron las reformas y atacaron directamente las condiciones de vida. Por ejemplo, tan sólo unos años después de introducir el Servicio Nacional de Salud de Reino Unido, los laboristas aplicaron copagos por recetas médicas, por gafas o dentaduras postizas.

Como se ha comentado, esto no fue necesariamente porque los miembros o los funcionarios del Partido Laborista fueran malas personas sino porque, al fin y al cabo, eran políticos cuya tarea principal consistía en mantener la competitividad de la economía británica en el mercado global.

Los bolcheviques

En la Rusia de 1917, cuando los obreros y los campesinos se alzaron y tomaron las fábricas y la tierra, los bolcheviques abogaron por la constitución de un Estado obrero "revolucionario". Sin embargo, este modelo de Estado no pudo deshacerse de sus funciones primarias: defensa violenta de una élite y desarrollo y expansión de la economía para mantenerse a flote.

El denominado "Estado obrero" se volvió contra la clase obrera: se reinstauró la gestión unipersonal de las fábricas, se prohibieron las huelgas y se obligó a trabajar a punta de pistola. El Estado incluso liquidó a aquellos de sus integrantes que mostraban su desacuerdo con este nuevo rumbo. Poco después de la revolución, muchos de los primeros bolcheviques habían sido ejecutados por las instituciones de gobierno que habían ayudado a instaurar.

Contra el Estado

Esto no significa que nuestros problemas se solucionarían si el Estado desapareciera mañana. Sí que significa, no obstante, que el Estado no es ajeno al conflicto básico de la sociedad capitalista: el que existe entre empleadores y empleados. De hecho, es parte del mismo y claramente a favor de los patronos.
Siempre que los trabajadores han luchado por conseguir mejoras de nuestras condiciones, hemos entrado en conflicto no sólo con nuestros jefes sino también con el Estado, que ha recurrido a la policía, los tribunales, las prisiones y, a veces, incluso al ejército para mantener las cosas como estaban.

Y cuando los trabajadores han intentado utilizar al Estado, o incluso tomarlo para promover nuestros intereses, han fracasado, porque la naturaleza misma del Estado es inherentemente opuesta a la clase obrera. Tan sólo lograron legitimar y reforzar el Estado que posteriormente se volvió en su contra.

Nuestro poder y voluntad colectivos consisten en desbaratar la economía que nos da la posibilidad de cambiar la sociedad. Cuando forzamos al Estado a otorgar reformas, no sólo ganamos mejores condiciones. Nuestras acciones apuntan a una nueva sociedad, basada en una serie de principios distintos. Una sociedad donde nuestras vidas son más importantes que el "crecimiento económico". Un nuevo tipo de sociedad donde no hay una minoría con riqueza que necesita ser protegida de aquellos que no la tienen; en suma, una sociedad donde el Estado sea innecesario.

El Estado necesita la economía para sobrevivir, por lo que siempre respaldará a los que la controlan. Pero la economía y el Estado se basan en el trabajo que hacemos cada día, y eso nos da el poder de desestabilizarlos y, en última instancia, prescindir de ambos.

Más información

Los sindicatos: una introducción

Una breve introducción a las organizaciones sindicales o sindicatos, su función en la sociedad y cómo pensamos en libcom.org que deberíamos abordarlos en tanto que trabajadores.

Para la mayoría de la gente, un sindicato es una organización de trabajadores creada para defender y mejorar las condiciones de sus afiliados con respecto a sus salarios, pensiones y prestaciones.

Esto es verdad en parte, pero sin duda no es toda la historia.

Obvia la otra cara del sindicalismo: los pactos de "trastienda", los recortes salariales y la pérdida de las condiciones laborales presentadas como una "victoria", las huelgas desconvocadas mientras se eternizan las negociaciones, los afiliados convencidos para que rompan las huelgas de otros sindicatos, los activistas sancionados por sus propias organizaciones...

Una vez tras otra, los sindicatos —incluso los de izquierdas— nos decepcionan. Y, al igual que con los políticos, cada vez que lo hacen, siempre hay otro que nos dice que todo irá mejor la próxima vez si lo elegimos.

El problema, no obstante, es más serio que haber elegido a la persona equivocada para que ocupe el puesto más destacado.

Burocracia

Los sindicatos de cualquier tamaño razonable tienen personal remunerado y están organizados como una empresa. Están los ejecutivos con sueldos bien engordados, los directivos intermedios que aplican las decisiones que ha tomado la cúpula directiva y un escalafón profesional hasta llegar a los partidos políticos social-demócratas, a los think tanks y a los ministerios.

En el lugar de trabajo, los sindicatos funcionan día a día gracias a los trabajadores que se prestan voluntarios para ser representantes y, a menudo, padecen un coste personal, un hostigamiento por prestar sus servicios. Sin embargo, los afiliados sindicales y sus representantes también pueden entrar en conflicto con la burocracia pagada del sindicato.

Esto es porque las bases tienen intereses distintos a las personas que trabajan para el sindicato y lo dirigen. Los líderes sindicales han antepuesto las necesidades de la asociación como entidad legal a los del sindicato como un grupo de trabajadores que luchan por sus propios intereses. Esto se debe a que sus trabajos y puestos políticos dependen de que esta entidad legal siga existiendo. Por tanto, apoyar cualquier acción que pueda suponer un problema para el sindicato —como las huelgas imprevistas— no es algo que los líderes sindicales pongan sobre la mesa.

Incluso a nivel regional y local, los asalariados a tiempo completo no comparten los intereses de sus afiliados. Esto no tiene que ver con sus ideas o intenciones (muchas de estas personas con dedicación plena son exmilitantes que quieren ayudar a los trabajadores a organizarse más allá de sus propios lugares de trabajo), sino con sus intereses materiales. Una victoria para un trabajador es más dinero, pausas más largas, mejores prestaciones. Una victoria para un asalariado a tiempo completo es un puesto en la mesa de negociaciones con la dirección para que los trabajadores sigan pagando su cuota de afiliación al sindicato.

Los puestos de los delegados o representantes sindicales, que normalmente ocupan los trabajadores más militantes, pueden ser complicados. A diferencia de los que tienen dedicación plena, siguen trabajando en el área de producción y son remunerados como los compañeros con los que trabajan. Si los patronos recortan salarios, la decisión afecta a los suyos por igual. Y, como militantes sindicales, pueden ser hostigados por sus patrones debido a la función que desempeñan.

Sin embargo, también deben encontrar el equilibrio entre los intereses del área de producción y los intereses de la burocracia del sindicato. Por ejemplo, una representante sindical puede sentirse furiosa por que su sindicato esté recomendando que los trabajadores acepten un recorte salarial, pero tendrá que seguir luchando para que los trabajadores no abandonen el sindicato. Si anteponen los intereses laborales a los de la burocracia, pueden verse atacados, no sólo por sus patronos, sino también por su sindicato.

Historia

Ciertos problemas han acompañado a los sindicatos desde su fundación. No obstante, otros son el resultado de los cambios en la sociedad capitalista desde entonces. En sus orígenes, los sindicatos eran ilegales y cualquier esfuerzo organizador era recibido con una intensa represión por parte de la empresa y los gobiernos. Los primeros militantes sindicales solían ser encarcelados, deportados o incluso asesinados.

Sin embargo, cuando los trabajadores siguieron haciendo huelga y luchando, pese a la represión, y lograron mejorar sus condiciones en gran medida, las empresas y los gobiernos fueron dándose cuenta de que les interesaba permitir que los sindicatos se establecieran legalmente y darles voz en la gestión de la economía.

De esta forma se podían mantener en un nivel mínimo los conflictos abiertos entre empresarios y trabajadores, y la voz real que tuvieran los trabajadores podría quedar reducida drásticamente mediante la creación de complejas estructuras legales a través de las cuales nuestros "representantes" oficiales pudieran hablar en nuestro nombre. Y, de igual modo, la forma de expresarnos también podría estar regulada por un marco legal bajo supervisión del Estado.

Este proceso ha tenido lugar en distintos países y en distintas etapas de la historia, pero la consecuencia directa es similar. En todo Occidente tenemos la libertad de afiliarnos a sindicatos, pero las acciones que podemos tomar para defendernos de los empleadores están limitadas por la compleja red de leyes sobre las relaciones industriales. Se ponen muchas barreras a la forma de hacer huelgas efectivas, en concreto, prohibiendo cualquier acción que no esté directamente relacionada con las condiciones concretas de los afiliados sindicales y a cualquier tipo de acción por solidaridad. Los sindicatos deben aplicar estas leyes contrarias a los trabajadores a sus propios miembros, pues, de no hacerlo, estarían sujetos a duras sanciones económicas y al embargo de bienes, con lo cual dejarían de existir.

Asimismo, una vez que los sindicatos aceptan la economía capitalista y el lugar que ocupan en ésta, sus intereses institucionales quedan vinculados a la economía nacional, pues el rendimiento de ésta tiene su impacto en las perspectivas sindicales de negociación colectiva. Quieren un capitalismo sano en su país que proporcione puestos de trabajo que sindicar y representar. Por lo tanto, no es de sorprender que los sindicatos ayuden a mantener los sueldos bajos para fomentar la economía nacional, como hizo el Congreso de sindicatos británicos (TUC) en los años 70, o incluso contribuyan a las campañas bélicas de sus gobiernos nacionales, tal y como hicieron las organizaciones sindicales en toda Europa en la Primera Guerra Mundial o el sindicato de la industria automotriz estadounidense United Auto Workers (UAW) en la Segunda Guerra Mundial, firmando un compromiso de no convocar huelgas.

Vender la paz en el lugar de trabajo

Algo que muchos sindicalistas radicales y de izquierdas suelen defender es la idea de "recuperar los sindicatos" o, a veces, de crear nuevas asociaciones sin burócratas. La historia es que los sindicatos no funcionan como lo hacen por culpa de los burócratas; es que los burócratas surgen por la forma en que funcionan los sindicatos (o quieren funcionar) en el lugar de trabajo.

El papel de los sindicatos es complejo: al final tienen que venderse por partida doble a los dos grupos con intereses opuestos (es decir, a los patronos y a los trabajadores).

Para venderse a nosotros, tienen que demostrar que existen ventajas por afiliarse. Esto a veces significa que pueden ayudarnos a actuar y obligar a la dirección a mantener o mejorar nuestras condiciones, sobre todo si pretenden ser reconocidos en un centro de trabajo por primera vez.

Al conseguir que nos afiliemos, demuestran a la dirección que son los principales representantes de la fuerza laboral. Pero, al mismo tiempo, también tienen que demostrar que son interlocutores responsables.

La directiva necesita saber que, una vez que se alcance un acuerdo, el sindicato podrá hacer y hará que sus afiliados vuelvan al trabajo. De lo contrario, ¿por qué iba a tratar la dirección con un interlocutor que no pueda cumplir los acuerdos que negocia?

Es por este deseo de convertirse en un interlocutor reconocido que los sindicatos acaban actuando en contra de sus propios miembros. Les hace aparecer ante la dirección como incapaces de controlar a sus afiliados. Y así es como en 2011 aparece en Reino Unido un negociador de Unite que llama a un grupo de electricistas de base "cancerígenos", al igual que en 1947 un delegado de los mineros pidió acciones legales contra los que hacían una huelga espontánea "aunque sean 50.000 o 100.000". De manera similar, en momentos clave del movimiento sindicalista estadounidense en los años 40 y 70, el UAW hizo que sus propios afiliados fueran sancionados y despedidos por convocar una huelga fuera de los conductos oficiales.

Así que cuando los sindicatos "nos venden", no sólo se trata de que "no estén haciendo bien su trabajo". Puede que hagan mal una parte (la nuestra), ¡pero hacen muy bien la otra! Al fin y al cabo, necesitan controlar nuestras luchas para poder representarlas. Y este es el motivo por el cual los esfuerzos de la llamada "izquierda revolucionaria" en los últimos 100 años por "radicalizar" los sindicatos, eligiendo a los delegados adecuados y aprobando las resoluciones adecuadas, han acabado en un callejón sin salida. De hecho, en vez de radicalizar los sindicatos, ¡las estructuras sindicales con frecuencia han desradicalizado a los revolucionarios!

Los únicos sindicatos que han resistido han sido los que se han negado a asumir este papel representativo, como la histórica asociación de trabajadores industriales IWW en Estados Unidos, la antigua FORA en Argentina y la actual CNT en España. Este rechazo les ha costado perder muchos afiliados, ser víctimas de la represión estatal o ambas cosas.

Muchos sindicatos optan por la vía fácil, contribuyendo a garantizar la paz, a nuestra costa, en los centros de trabajo. Se quitan de en medio nuestros problemas mandándolos de una patada a engrosar la lista de los procedimientos de reclamaciones, los expedientes de casos particulares y las negociaciones a puerta cerrada. Y a los empresarios les encanta. Como dijo una vez un directivo de una multinacional en Sudáfrica al preguntarle por qué su empresa había aceptado la organización sindical: "¿Ha probado alguna vez a negociar con un campo de fútbol lleno de militantes cabreados?"

¿Cumplen su propósito?

Desde los años 80 hemos sido testigos de los enormes ataques a las condiciones de los trabajadores y de los cambios drásticos en el mercado laboral. El trabajo temporal y precario cada vez es más habitual y los trabajadores cambian muy a menudo de trabajo. En Occidente, muchas de las industrias tradicionales del movimiento sindicalista han cerrado y han sido sustituidas por las menos organizadas históricamente, como el sector minorista, de la restauración y de los servicios.

Esta nueva realidad socava el sindicalismo tradicional, pues la tarea de crear secciones sindicales con una base estable de afiliados es cada vez más difícil. No obstante, en vez de intentar mantener a los afiliados ayudando a los militantes a organizarse en el lugar de trabajo, la soluciones de los sindicatos han sido las fusiones (NALGO, NUPE y COHSE en Unison, TGWU y Amicus en Unite en Reino Unido) y ofrecer tarjetas de descuento en supermercados y seguros baratos como prebendas para conseguir la afiliación.

De igual modo, la naturaleza internacional del mercado laboral ha perjudicado aún más a los sindicatos. Los trabajadores pueden ser empleados en un país mientras trabajan en otro y las empresas pueden trasladar sus fábricas y oficinas a lugares donde la mano de obra es más barata.

Por ejemplo, en 2011 los trabajadores de Fiat en Italia fueron animados por los sindicatos a aceptar peores contratos laborales bajo la amenaza de que, de lo contrario, la producción se trasladaría a Polonia. Mientras tanto, los propios trabajadores polacos luchaban contra Fiat. En cualquier caso, en ninguno de los dos países los sindicatos trataron de forjar vínculos internacionales entre los trabajadores.

Romper las reglas juntos

Mientras que su función representativa hace que tratar con la burocracia sindical sea un proceso muy lento y agotador para los militantes, estos cambios del mercado laboral los han hecho más o menos irrelevantes para muchos trabajadores no afiliados.

Cuando surgen conflictos industriales, los trabajadores no sindicalizados sienten que no pueden hacer mucho por apoyar, mientras que los que hacen huelga pueden sentir que se limitan a pasar por el ritual de la acción colectiva: la dirección plantea una oferta terrible, el sindicato se siente "ultrajado" y convoca una huelga de un día (a veces, de unos cuantos), se retoman las negociaciones y se desconvocan las huelgas; la dirección vuelve con un acuerdo ligeramente menos malo y los líderes sindicales declaran la victoria y se lo recomiendan a los afiliados.

Pero esto no tiene por qué ser así. Lo importante —seamos trabajadores sindicalizados o no— es ir más allá de los límites que nos imponen los sindicatos oficiales y las restrictivas legislaciones laborales. En lugar de votar por distintos representantes o aprobar resoluciones en rancias reuniones sindicales, debemos organizarnos junto con nuestros compañeros de trabajo, romper las reglas y aferrarnos a las nuestras:

Trabajo: una introducción

Breve introducción de libcom.org al trabajo, lo que pensamos que está mal con él y lo que nosotros, como trabajadores, podemos hacer al respecto.

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¿Qué tiene de malo el trabajo?

Para la mayoría de nosotros, la mayor parte de nuestras vidas está dominada por el trabajo. Incluso cuando no estamos en el trabajo, estamos viajando hacia o desde el trabajo, preocupándonos por el trabajo, tratando de recuperarnos del trabajo para volver a trabajar al día siguiente, o simplemente tratando de olvidarnos del trabajo.

O peor aun, no tenemos trabajo y nuestra principal preocupación es tratar de encontrarlo. O somos una de las personas –en su mayoría mujeres– cuyo trabajo doméstico y de cuidado no cuenta como trabajo remunerado en absoluto.

Para muchos de nosotros, no nos importa el trabajo que hacemos, sólo necesitamos el dinero para sobrevivir. Y a fin de mes, nuestros estados de cuenta apenas difieren de los del mes anterior. Pasamos nuestros días revisando nuestros relojes, contando los minutos hasta que podamos irnos a casa, los días hasta el fin de semana, los meses hasta nuestras próximas vacaciones...

Incluso para aquellos de nosotros que tenemos trabajos en áreas que realmente disfrutamos, no controlamos nuestro trabajo. Nuestro trabajo nos controla, lo experimentamos como una fuerza externa. La mayoría de nosotros no controlamos a qué hora llegamos al trabajo o a qué hora nos vamos. Tampoco controlamos el ritmo o el volumen de nuestro trabajo, qué productos fabricamos o qué servicios prestamos, ni cómo lo hacemos.

Por ejemplo, es posible que a las enfermeras les guste cuidar a sus pacientes pero aun así se sientan frustradas por la escasez de camas, la falta de personal, patrones de turnos que parecen un castigo y los objetivos arbitrarios de la gerencia. Y los diseñadores pueden disfrutar siendo creativos, pero encuentran que su creatividad es limitada: no se les da rienda suelta para innovar de la manera que desean, a menudo teniendo que copiar efectivamente productos existentes que los jefes saben que venderán.

Paradójicamente, mientras que millones de personas están sobrecargadas de trabajo y apenas pueden hacer frente a una gran carga de trabajo y a largas jornadas laborales, otros millones de personas están desempleadas y desesperadas por trabajar.

En todo el mundo, millones de personas mueren cada año a causa de su trabajo, mientras que decenas de millones se enferman y cientos de millones resultan heridas.

Y por lo tanto, mucho trabajo, que puede ser extremadamente difícil, aburrido y/o peligroso para los trabajadores y destructivo para el medio ambiente, ni siquiera es socialmente útil. Como en la producción industrial, donde la obsolescencia incorporada hace que los productos se descompongan –lo que hace que la gente compre otros nuevos–, o industrias enteras como las ventas y la publicidad, que existen sólo para persuadir a la gente a comprar más productos y trabajar más para comprarlos.

Se despilfarra mucho más trabajo útil en el apoyo a industrias socialmente inútiles, como la generación de energía que se utiliza para impulsar los centros de llamadas de telemercadeo, la fabricación de productos cosméticos y médicos fraudulentos, o la industria de armas cuyo único producto es la muerte.

Mientras que la automatización, la mecanización y la productividad aumentan continuamente, las horas de trabajo y los años de trabajo no disminuyen. De hecho, en la mayoría de los lugares están aumentando, a medida que se aumenta la edad de jubilación y las horas de trabajo.

¿Por qué es así el trabajo?

Entonces, si hay tantos problemas con el trabajo, ¿por qué es así?

La razón es bastante simple: vivimos en una economía capitalista. Por lo tanto, es este sistema el que determina cómo se organiza el trabajo.

Como se describe en nuestra introducción al capitalismo, la esencia primaria de la economía capitalista es la acumulación.

El dinero –el capital– se invierte para convertirse en más dinero. Y esto sucede gracias a nuestro trabajo. Nuestro trabajo es la base de la economía.

Esto se debe a que nuestro trabajo agrega valor al capital inicial, y el valor que agregamos es mayor que nuestros salarios. Este plusvalor se traduce en el crecimiento del capital inicial, que financia las ganancias y la expansión.

Cuanto más bajos sean nuestros salarios, más duro trabajaremos; y mientras más horas trabajemos, mayor será el plusvalor. Es por eso que los empleadores en el sector privado, público e incluso cooperativo intentan continuamente hacernos trabajar más duro y durante más tiempo por menos dinero.

Del mismo modo, nuestros trabajos se hacen aburridos y monótonos, por lo que los trabajadores no calificados pueden hacerlo más barato. Los productos que producimos o los servicios que proporcionamos son también a menudo de calidad inferior para mantener los costos bajos.

El desempleo masivo permite mantener bajos los salarios de los trabajadores con exceso de trabajo, ya que los trabajadores que no temen ser reemplazados por los desempleados pueden exigir salarios más altos, mejores condiciones y horarios de trabajo más cortos. (Esta es la razón por la que los gobiernos no sólo ponen fin al desempleo reduciendo la duración de la semana laboral máxima).

Las empresas que extraen el mayor plusvalor y, por lo tanto, obtienen las mayores ganancias y se expanden más, tienen éxito. Las que no lo hacen, fracasan.

Así que si una empresa o una industria es rentable, crece. Esto es independientemente de si es una necesidad social, si destruye el medio ambiente o si mata a sus trabajadores.

Este crecimiento también depende del trabajo no remunerado, como las tareas domésticas o el trabajo doméstico. Esto incluye la reproducción de trabajadores en la forma de concebir y criar a los hijos –la próxima generación de trabajadores– y la prestación de servicios a la fuerza laboral actual: física, emocional y sexualmente. Este trabajo no remunerado lo realizan predominantemente las mujeres.

¿Qué podemos hacer al respecto?

Aunque la naturaleza del trabajo está determinada en general por el sistema económico en el que vivimos, hay cosas que podemos hacer –y hacemos– como trabajadores aquí y ahora para mejorar nuestra situación.

Si nuestro trabajo es la base de la economía y del crecimiento y las ganancias, entonces, en última instancia, poseemos el poder de interrumpirlo y, a la larga, de controlarlo nosotros mismos.
Todos los días nos resistimos a la imposición del trabajo. A menudo de forma pequeña, individualizada e invisible. A veces llegamos tarde, salimos temprano, robamos momentos para hablar con colegas y amigos, nos tomamos nuestro tiempo, nos ausentamos por enfermedad...

Y a veces resistimos de manera más grande, colectiva y confrontacional.

Al tomar medidas de acción directa, como detener el trabajo (huelga), detenemos los engranajes de la producción e impedimos que se obtengan ganancias. De esta manera podemos defender nuestras condiciones y obtener mejoras de nuestros jefes.

La clase trabajadora, incluidos los desempleados y los no remunerados, puede luchar conjuntamente para mejorar otras condiciones, como obtener mejores beneficios estatales o contra precios altos o impuestos regresivos.

En el siglo XIX en los países occidentales, el promedio de horas de trabajo era de 12 a 14 horas al día, seis o siete días a la semana, en condiciones espantosas y sin vacaciones ni pensiones.

Frente a la represión masiva de los empleadores y los gobiernos, los trabajadores se organizaron y lucharon durante décadas, mediante huelgas, ocupaciones, ralentizaciones e incluso levantamientos armados e intentos de revoluciones. Y finalmente ganaron las mejores condiciones que la mayoría de nosotros tenemos hoy: el fin de semana, vacaciones pagadas, reducción de la jornada laboral...

Por supuesto, fuera de Occidente muchos trabajadores todavía experimentan estas condiciones victorianas hoy en día, y actualmente están luchando contra ellas.

Si nos organizamos para hacer valer nuestras necesidades en la economía, podemos mejorar aun más nuestras condiciones. Y si no lo hacemos, volverán a erosionarse hasta el nivel del siglo XIX.

Conclusión

Si nos organizamos juntos, no sólo mejoramos nuestras vidas ahora, sino que también podemos sentar las bases para un nuevo tipo de sociedad.

Una sociedad en la que no sólo trabajemos para generar ganancias que nunca veremos o desarrollar una economía "sana", sino para satisfacer las necesidades humanas. Donde nos organicemos colectivamente para producir los bienes y servicios necesarios, como lo hicieron los trabajadores, aunque brevemente, en Rusia en 1917, Italia en 1920, España en 1936 y en otros lugares. Donde nos deshagamos del trabajo innecesario y realicemos todas las tareas necesarias de la forma más fácil, agradable e interesante posible. Una sociedad comunista libertaria.

Más información

• Trabajo: guía de lectura - la guía de lectura de libcom.org acerca del trabajo, el trabajo asalariado y la lucha contra éste.
• Guía de organización en el lugar de trabajo - la guía de libcom.org para organizarse en el lugar de trabajo.
• Actividad en el lugar de trabajo - el archivo de libcom.org de relatos de personas que se organizan en el lugar de trabajo.
• Trabaja y libera a la sociedad - Federación Anarquista - Un folleto más detallado de la FA que analiza el trabajo en la sociedad capitalista, explica su historia y sugiere cómo se podría organizar el trabajo en una sociedad libre.
• Trabajo: la gente habla de lo que hace todo el día y cómo se siente sobre lo que hace - Studs Terkel - Obra emblemática de Studs Terkel que habla a las personas que trabajan en una multitud de empleos y sus sentimientos sobre ellos.
• Salarios contra tareas domésticas - Silvia Federici - La feminista marxista autónoma Silvia Federici habla sobre los salarios y las tareas domésticas.
• El derecho a ser perezoso - Paul Lafargue - En este texto, Lafargue defiende el derecho de la clase trabajadora a ser perezosa, y dice que la productividad es problema de los patrones, no nuestro.

Acción directa: una introducción

Breve introducción de libcom.org a la acción directa y por qué la defendemos frente a otras formas de activismo político.

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Hoy en día, a muchas personas les preocupa el rumbo que está tomando el mundo. Ya sean sus condiciones laborales o el desempleo, el medio ambiente, la vivienda o la guerra, entre otros muchos problemas, está claro que millones (incluso miles de millones) de personas buscan en algún momento cierta forma de acción política para solucionarlos.

¿Por qué la acción directa?

Las personas recurren a muchísimos métodos distintos para intentar cambiar el mundo, demasiados para mencionarlos todos aquí. Sin embargo, a menudo pensamos que podemos pedir ayuda a los distintos "especialistas", como los políticos, los líderes sindicales, los expertos legales y otros.

En realidad, no es el caso. Los políticos y los líderes sindicales tienen intereses distintos a los nuestros, al igual que cualquiera que gane un sueldo millonario o incluso los que ronden las 80-90.000 libras al año. Por lo tanto, tratar de buscar protección en la ley puede dejarnos a la deriva, ya que las leyes que nos protegen hoy pueden cambiar sin más mañana, ¡suponiendo que se apliquen en primer lugar!

Al mismo tiempo, a veces tenemos claro que al menos podemos decidir no "formar parte" de las peores partes del capitalismo. Podemos elegir no comprar a ciertas empresas "no éticas" o incluso cultivar nuestros propios alimentos.

Sin embargo, el problema es que esto hace que la resistencia al capitalismo sea una elección personal, y no todo el mundo puede. Por ejemplo, los productos orgánicos y de "comercio justo" suelen ser más caros.

Más grave aún, hace que los problemas sociales se enfoquen a las empresas particulares o a los gobiernos que actúan "mal" en vez de considerase un problema con la sociedad en su conjunto. Y encima nos deja solos para enfrentarnos a ellos, a través de nuestras elecciones como consumidores. Se perpetúa el statu quo, aunque trasladado a otras empresas distintas. La explotación continúa ¡y no hay anacardos de comercio justo que valgan para cambiarlo!

Por eso favorecemos la acción directa: porque depende de nuestra fuerza colectiva para poner fin al "aquí no pasa nada" en vez de nuestras elecciones personales de vida o nuestras preferencias de políticos o líderes sindicales. Y porque, al fin y al cabo, se trata de contar unos con otros —con los que comparten nuestra situación—, en vez de con los llamados "expertos" que para nada viven con nuestros problemas.

¿Qué es la acción directa?

En pocas palabras, la acción directa consiste en que las personas emprendan acciones para perseguir sus objetivos sin la injerencia de terceros. Esto supone rechazar la presión política o tener que recurrir a la generosidad de nuestros empleadores para mejorar nuestras condiciones. En última instancia, ni siquiera es que no les importe, es que se benefician al empeorar nuestras condiciones. Si quieres más información al respecto, lee nuestra introducción a la clase y a la lucha de clases.

Así que actuamos nosotros para lograr mejorar nuestras condiciones. Al hacerlo, nos sentimos capacitados para asumir el control y la responsabilidad por nuestras acciones. La idea fundamental que subyace a la acción directa es que sólo dependemos unos de otros para lograr nuestros objetivos.

La acción directa tiene lugar en el punto en el que experimentamos el filo cortante del capitalismo. Normalmente, ocurrirá en nuestro lugar de trabajo, pues nuestros jefes intentarán despedirnos o hacernos trabajar más por menos dinero. O podrá ocurrir en nuestros lugares de residencia, cuando nuestros políticos intenten recortar gastos prescindiendo de servicios públicos.

Acción directa en el lugar de trabajo

La acción directa en el trabajo es básicamente cualquier acción que interfiera en la capacidad directiva de los jefes, forzándolos a ceder ante las exigencias del personal.

La forma más conocida de acción directa en el trabajo es la huelga, que consiste en que los trabajadores dejen su puesto de trabajo hasta que se cumplan sus reivindicaciones. Sin embargo, la acción huelguista a veces puede estar limitada por los burócratas de los sindicatos y por las leyes antihuelga. Dicho esto, los trabajadores suelen ignorar estos límites y convocan huelgas salvajes, no oficiales, que devuelven gran parte del impacto de la acción huelguista.

Aunque sean muchas para mencionarlas todas aquí, otras tácticas de acción directa empleadas por los trabajadores son:

Existen muchos ejemplos del éxito de estas tácticas. En 1999 los trabajadores del metro de Londres convocaron una "huelga de orinar" por no poder marcharse a casa al finalizar su trabajo. En vez de orinar en las vías, como era costumbre, insistieron en que el supervisor de seguridad les acompañara a un servicio. Éste tenía que llevarse al resto del equipo por motivos de seguridad. Al volver, a alguien le entraban "ganas" de ir también, impidiendo así la actividad laboral.

En Brighton, los basureros convocaron en 2009 una huelga salvaje por los abusos cometidos por la empresa, y ese mismo año los trabajadores de Visteon de Londres y Belfast ocuparon sus fábricas en protesta por la política de despidos.

También se ha recurrido con frecuencia a la acción directa en el lugar de trabajo con fines políticos. Por ejemplo, en 2008, los estibadores sudafricanos se negaron a descargas armas que iban destinadas a Zimbabue.

Sin embargo, la acción directa se puede trasladar también fuera del entorno laboral, como en los siguientes ejemplos.

Acción directa en la comunidad

La guerra de Irak de 2003 provocó multitudinarias manifestaciones, incluida la más grande en la historia británica, el 15 de febrero en Londres, donde más de un millón de personas se empaparon en su marcha hacia Hyde Park. A nadie extrañó que los políticos ignoraran la protesta masiva y que no les importara lo mojados y helados que estábamos o cuántos éramos. Pero la acción directa fuera del lugar de trabajo y en la comunidad puede resultar efectiva.

El ejemplo más famoso en la historia británica reciente es el poll tax. Cuando Margaret Thatcher intentó introducir el impopular impuesto en 1989, hasta 17 millones de personas pertenecientes a la clase trabajadora se negaron a pagarlo en todo el país. Los grupos contrarios al pago se repartieron por las comunidades de todo RU y se montaron redes contra el desalojo para enfrentarse a los agentes judiciales. En 1990 Margaret Thatcher y su poll tax fueron derrotados. Más tarde fue filmada llorando por televisión.

Otras campañas similares lograron detener la subida del precio del agua (1993-1996) y las tasas de recogida de basuras (2003-2004) en Irlanda. En 2011 los trabajadores griegos iniciaron la campaña "No pagaremos" contra la subida creciente de los precios, negándose a pagar los peajes de autopistas o los billetes del transporte público. Incluso algunos médicos se negaron a cobrar a los pacientes.

En Europa continental también se han extendido los "bloqueos económicos". Cuando la huelga no es enormemente efectiva, los alumnos, trabajadores y otros participantes bloquean las carreteras principales o los centros de transporte. La idea es que, al evitar que la gente llegue al trabajo o al ralentizar el transporte de bienes y servicios, los manifestantes bloquean la economía de forma muy parecida a una huelga.

Cientos de miles de personas han participado en este tipo acciones, saliéndose de las ineficaces tácticas aprobadas por el gobierno, como el lobbying y las marchas de "A a B".

Rechazo de la \"impotencia\"

La acción directa es un rechazo a la idea de que no tenemos poder para cambiar nuestras condiciones. Las mejoras a nuestras vidas no vienen dadas desde arriba. Deben ser —y siempre han sido— luchadas.

Siempre nos recuerdan que el pueblo luchó por el derecho al voto. Sin embargo, en escasas ocasiones se menciona cómo lucharon los trabajadores por el estado del bienestar, por una vivienda digna, por la atención médica, un salario y una jornada laboral decentes, por unas condiciones laborales seguras y por una jubilación justa.

Pero la acción directa es más que un medio efectivo para defender o mejorar las condiciones. Es también, como dijo el anarcosindicalista Rudolf Rocker, la "escuela del socialismo", que nos prepara para la sociedad libre que muchos de nosotros aspiramos a crear.

Al igual que el enfoque vital y futbolístico del exentrenador del Liverpool, Bill Shankley, la acción directa implica un esfuerzo colectivo, que todos trabajemos y nos ayudemos unos a otros por el bien común. Al recurrir a la acción directa, aun cuando cometamos errores, aprendemos por experiencia que no tenemos que dejar las cosas en manos de "expertos" o políticos profesionales. Este camino sólo nos ofrece traición y promesas rotas además de ese prolongado sentimiento de impotencia.

La acción directa nos enseña a controlar nuestras propias batallas, a construir una cultura de la resistencia que enlace con otros trabajadores en su lucha.

Y conforme aumente la confianza en la fuerza de nuestra solidaridad, lo hará nuestra confianza en nuestra capacidad de cambiar el mundo. Y, de esta forma, pasaremos de controlar nuestras propias luchas a controlar nuestras vidas.

Más información

Comunismo libertario: una introducción

Breve introducción a lo que nosotros en libcom.org nos referimos cuando hablamos de comunismo o comunismo libertario, qué es y por qué creemos que es buena idea.

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Introducción

Cuando hablamos de comunismo, nos referimos a dos cosas. Primero, a una forma de organizar la sociedad basándose en el principio “de cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades”; y segundo, al movimiento real hacia dicha sociedad en el mundo actual. Aquí abordaremos ambas visiones, comenzando con la segunda, que es el significado menos conocido.

El movimiento real

En nuestra introducción al capitalismo, describimos la economía capitalista y señalamos cómo es que las necesidades del capital —orientadas al lucro y la acumulación— son opuestas a nuestras necesidades como miembros de la clase trabajadora.

Los empleadores intentan reducir los salarios, disminuir las pensiones, eliminar empleos, aumentar la jornada laboral, acelerar el trabajo y dañar el medioambiente. Es por esto que, cuando podemos, oponemos resistencia porque las condiciones en las que vivimos bajo esta economía nos impulsan a reivindicar nuestras necesidades contra el capital.

Por esta razón es que cuando cooperamos, cuando usamos acción directa y solidaridad para reafirmar nuestras necesidades —por ejemplo, cuando organizamos huelgas o huelgas de celo contra recortes salariales o mayores cargas de trabajo— comenzamos a sentar las bases de un nuevo tipo de sociedad.

Una sociedad basada en la cooperación, la solidaridad y satisfacer las necesidades humanas: una sociedad comunista.

Por lo tanto, el comunismo como movimiento, es la tendencia constante a la cooperación, ayuda mutua, acción directa y resistencia de la clase trabajadora en una sociedad capitalista.

En ocasiones, esta tendencia ha reunido a una parte importante de la clase trabajadora en grandes oleadas de agitación social y militancia en el lugar de trabajo, como en la oleada estadounidense de huelgas imprevistas en la posguerra, el otoño caliente italiano de 1969, el invierno del descontento británico en 1978 o la resistencia antiausteridad en Grecia desde 2010.

Ha habido veces en que esta agitación social incluso ha detonado la explosión de eventos revolucionarios, tales como París en 1871, Rusia en 1917, Italia entre 1919 y 1920, Ucrania en 1921, España en 1936 y Hungría en 1956. Estas son sólo algunas de las ocasiones en que la clase trabajadora ha intentado, mediante la acción colectiva, reformar la sociedad basada en nuestros propios intereses en lugar del de los jefes.

A cada cual según sus necesidades…

En todo el mundo, no son pocos los políticos o grupos políticos que aseguran tener planos preparados para crear una sociedad más justa. Sin embargo, el comunismo no es algo que puedan decretar o poner en marcha partidos políticos o políticos individuales, sino que se debe crear mediante la participación masiva y la experimentación de la mano de nosotros mismos como trabajadores.

Por consiguiente, vale la pena señalar en esta etapa que el “comunismo” no tiene nada en común con la antigua URSS o los regímenes actuales de Cuba o Corea del Norte. Estos corresponden esencialmente a sociedades capitalistas con un solo capitalista: el estado. De igual forma, el término tampoco tiene nada que ver con China, cuyo partido gobernante se llama a sí mismo “comunista”, mientras dirige una de las naciones capitalistas más exitosas del mundo.

No obstante, en los diversos eventos revolucionarios a lo largo de la historia (algunos de los cuales se mencionaron anteriormente), los miembros de la clase trabajadora han experimentado con distintos aspectos de la puesta en práctica del comunismo. Para hacerlo, establecieron los principios de cómo se debería organizar una sociedad comunista, además de ejemplos prácticos de lo que es posible cuando actuamos juntos de acuerdo con los intereses de nuestra clase.

Sin jefes

En lugar de la propiedad o el control de los medios de producción —la tierra, las fábricas, las oficinas, etc.— en manos de individuos privados o el estado, una sociedad comunista se basa en la propiedad y el control comunes de dichos medios. Además, en lugar de centrar la producción en el intercambio y el lucro, el comunismo significa que la producción es para satisfacer las necesidades humanas, incluida la necesidad de un medioambiente seguro.

Ya en la actualidad, somos nosotros los trabajadores quienes producimos todo y operamos todos los servicios necesarios para la vida: pavimentamos los caminos, construimos los hogares, conducimos los trenes, cuidamos a los enfermos, criamos a los niños, elaboramos los alimentos, diseñamos los productos, confeccionamos la ropa y le enseñamos a la próxima generación.

Y cada trabajador sabe que, con frecuencia, los jefes estorban más de lo que ayudan.

Abundan los ejemplos que demuestran que los trabajadores pueden operar eficazmente los lugares de trabajo ellos mismos. De hecho, pueden hacerlo mejor que en los lugares de trabajo organizados jerárquicamente.

Un ejemplo reciente son las fábricas tomadas durante el levantamiento de 2001 en Argentina, cuando un tercio de la industria del país quedó bajo el control de los trabajadores. Asimismo, históricamente ha habido casos incluso más grandes y amplios.

Por ejemplo, durante la guerra civil española de 1936, los trabajadores tomaron el control y operaron colectivamente la mayoría de las industrias de la España revolucionaria. Donde fue posible, en algunas áreas los trabajadores se acercaron más a una sociedad comunista, aboliendo el dinero o distribuyendo gratuitamente los bienes que no eran escasos.

En Seattle, en 1919 durante la huelga general, los trabajadores tomaron el control y la administración de la ciudad. En Rusia, en 1917 los trabajadores se apoderaron de las fábricas, antes de que los bolcheviques devolvieran la autoridad a los jefes.

Sin salarios

El comunismo también significa una sociedad sin dinero, donde nuestra actividad—y sus productos— ya no toman la forma de objetos que se puedan comprar o vender.

La principal preocupación de la mayoría de las personas es si, en una sociedad comunista, los humanos realmente podrían producir lo suficiente para sobrevivir sin la amenaza implícita de indigencia impuesta por el sistema salarial.

Sin embargo, existe una vasta evidencia que demuestra que no necesitamos la amenaza de indigencia o hambruna latente sobre nosotros para desempañar una actividad productiva.

Durante la mayor parte de la historia humana, no hemos tenido dinero ni trabajo salarial y de todas formas se han desempeñado las labores necesarias.

En sociedades de cazadores-recolectores, por ejemplo, que fueron mayoritariamente pacíficas e igualitarias, no había distinción entre el trabajo y el juego.

Incluso hoy, una enorme cantidad de trabajo necesario se hace de manera gratuita. En el Reino Unido, por ejemplo, a pesar de las largas jornadas laborales, las personas (principalmente mujeres) también realizan más de tres horas de quehaceres domésticos no remunerados todos los días. Además, prácticamente el 10% de las personas también realiza labores de cuidado sin remuneración y el 25% de los adultos de Inglaterra realizan trabajo voluntario por lo menos una vez al mes. A nivel mundial, el valor del trabajo no remunerado para la economía se estimaba en $11 trillones al año en 2011.

Casi cualquier tipo de trabajo útil en el que se pueda pensar también lo realizan personas de manera gratuita en oposición al concepto de "trabajo" a cambio de un salario, demostrando que no son estrictamente necesarios: cultivar alimentos, cuidar niños, tocar música, reparar automóviles, barrer, hablar con personas acerca de sus problemas, cuidar enfermos, programar computadoras, confeccionar ropa, diseñar productos… la lista es eterna.

Estudios muestran que el dinero no es un motivador eficaz para un buen rendimiento en tareas complejas. Que las personas tengan libertad y control de hacer lo que desean y de la forma que desean, además de contar con una razón constructiva y socialmente útil para hacerlo, resulta el mejor motivador.

Cosas como el movimiento de software gratuitos también demuestran cómo la organización colectiva no jerárquica en pos de un objetivo socialmente útil puede ser superior a la organización jerárquica con fines de lucro y que las personas no necesitan salarios para motivarse a producir.

Igualmente, sin un fin lucrativo, cualquier avance tecnológico que haga que el proceso de trabajo sea más eficaz, en lugar de causar el despido de empleados y hacer que los trabajadores restantes trabajen más (como sucede en la actualidad), podría hacer que todos trabajemos un poco menos y gocemos de más tiempo libre. Consulta nuestra introducción al trabajo para obtener más información.

Sin el estado

En nuestra introducción al estado, definimos el gobierno como "una organización controlada y administrada por una pequeña minoría de personas… [con] la capacidad, dentro de un área dada, de tomar decisiones políticas y legales, e imponerlas con violencia, si es necesario".

Sin divisiones entre empleados y trabajadores, así como entre ricos y pobres, ya no existe la necesidad de contar con una entidad de violencia organizada controlada por una pequeña cantidad de personas, como la policía, para proteger la propiedad de los ricos e imponer la pobreza, el trabajo asalariado e incluso la hambruna a nadie. Asimismo, sin la necesidad de acumular capital u obtener ganancias, ya no hay necesidad de ejércitos para capturar nuevos mercados y recursos.

Por supuesto, aún existirá la necesidad de proteger a la población de personas antisociales o violentas, pero esto se puede realizar de forma localizada y democrática mediante una entidad encomendada, rotativa y revocable, en lugar de una fuerza policial inexplicable cuya brutalidad e incluso sus asesinatos casi siempre quedan impunes.

Para tomar decisiones colectivas, en lugar de la "democracia representativa", que gobierna la mayoría de los países en la actualidad, proponemos la democracia directa. La verdadera democracia es más que el derecho a elegir a un puñado de personas (con frecuencia ricas) para tomar decisiones políticas por nosotros durante algunos años, mientras que otras decisiones se realizan inexplicablemente en salas de reuniones corporativas lideradas por la "tiranía del mercado".

Podemos controlar nuestras luchas nosotros mismos, desde nuestros grupos de compañeros de trabajo a través de asambleas comunitarias y en el lugar de trabajo, y podemos reunirnos para coordinar en áreas geográficas inmensas utilizando tecnología de telecomunicaciones y consejos de trabajadores con delegados encomendados y revocables.

Igualmente, de la misma forma en que podemos organizar nuestras luchas, también podemos eventualmente organizar la sociedad nosotros mismos, como lo ha hecho la clase trabajadora en ocasiones. Por ejemplo, durante el levantamiento húngaro de 1956, se establecieron consejos de trabajadores para organizar la administración de la sociedad en vista de que los trabajadores exigían un socialismo basado en democracia de la clase trabajadora. Y más recientemente, desde el levantamiento en 1994, la región de Chiapas de México ha estado dirigida independientemente del estado a través de democracia directa, sin líderes y en la que los periodos de los servidores públicos están limitados a dos semanas.

Conclusión

Es posible que muchas personas piensen que el comunismo suena a una buena idea, pero que dudosamente funcionaría en la práctica. Sin embargo, primero vale la pena preguntase "¿funciona el capitalismo?"

Ya que miles de millones viven en grave pobreza en medio de una riqueza inimaginable y que nos precipitamos inevitablemente hacia una catástrofe medioambiental, creemos que la respuesta es un rotundo "no". De igual manera, si bien ningún sistema será perfecto, creemos que hay una vasta evidencia de que una sociedad comunista funcionaría mucho mejor que nuestra sociedad capitalista actual para la mayoría de las personas, incluso para los ricos, quienes con frecuencia no son felices a pesar de su opulencia.

Una sociedad comunista no estará exenta de problemas, pero solucionará los dilemas principales que enfrentamos hoy, como la amplia pobreza y la devastación ecológica, liberándonos para abordar problemas mucho más interesantes.

En lugar de la necesidad de trabajar más, producir más y acumular más, podemos enfocarnos en una forma de trabajar menos y hacer que el trabajo que debemos hacer sea más agradable y nos traiga más diversión, felicidad y dicha.

En vez de medir el éxito de una sociedad según el PIB, podemos medirlo según el bienestar y la felicidad. En vez de relacionarnos entre nosotros como “personal”, “clientes”, “supervisores” o “competidores”, podemos relacionarnos entre sí como seres humanos.

Puede que quienes estamos leyendo y escribiendo esto nunca vivamos para ver una sociedad completamente basada en el comunismo libertario, pero a pesar de esto, el comunismo como movimiento real —la lucha diaria para reivindicar nuestras necesidades contra las del capital— mejora nuestras vidas aquí y ahora, y nos da una mejor oportunidad de proteger las condiciones de vida y las laborales, además del planeta, para nosotros y las futuras generaciones. Ciertamente, es el comunismo como movimiento real —es decir, las luchas diarias para defender y mejorar nuestras condiciones hoy— lo que sienta las bases para el comunismo como una sociedad libre e igualitaria.

A lo que nos referimos con este movimiento, en distintas ocasiones y lugares ha sido denominado “comunismo anarquista”, “comunismo libertario” o simplemente “socialismo” o “comunismo”, no obstante, lo que importa no es el nombre ni la etiqueta ideológica, sino su existencia, no sólo como un ideal futuro, sino como la representación viva de nuestras necesidades, nuestros deseos y nuestro espíritu de resistencia en nuestras vidas diarias. Este espíritu de resistencia existe, y siempre lo ha hecho, en cada sociedad y bajo cada régimen donde hay injusticia y explotación, así como la posibilidad de un mundo basado en la libertad y la igualdad para todos.

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