Sobre la organización - Jacques Camatte

Jacques Camatte - Sobre la organización

Traducción del texto clásico de Camatte "De l'organisation" (1972)

Sobre la organización

La carta que publicamos a continuación (del 04/09/1969) permitió la disolución del grupo que tendía a formarse en torno a las posiciones expuestas en la revista Invariance; abrió un debate y una reflexión importantes que después se prosiguió, algunas de cuyas conclusiones fueron expresadas en «Transición», en el nº 8, serie 1, de la misma revista.

Si ciertas cuestiones suscitadas por esta carta fueran tratadas en parte, otras apenas se rozaron. De ahí la necesidad —dada la urgencia de romper de forma cada vez más neta con el pasado— de publicarla. Así el lector podrá apreciar mejor la evolución del trabajo ya realizado y del que queda por hacer.

Al ser un punto de ruptura (y por tanto de llegada) a la vez que un punto de partida, esta carta contiene cierto número de imprecisiones, germen de posibles errores. Indicaremos la más importante en una nota. Por otra parte, vista la imposibilidad en la que nos encontrábamos de indicar «concretamente» el modo de ser de los revolucionarios, una vez rechazada la práctica del grupo, cabía la posibilidad de que se interpretase el rechazo de la actividad grupuscular como el retorno a un individualismo más o menos stirneriano. ¡Como si en lo sucesivo la única garantía fuese a ser la subjetividad cultivada por cada revolucionario! Nada de eso. Era preciso, ante todo, rechazar la percepción de la realidad social y la praxis ligada a ella en tanto punto de partida del proceso de «racketización». Si, por tanto, nos retiramos totalmente del movimiento grupuscular fue, de manera simultánea, para poder trabar relación con otros revolucionarios que habían realizado, por lo demás, una ruptura análoga a la nuestra. Quisimos poner en evidencia un fenómeno de convergencia. Ahora hay una producción directa de revolucionarios que superan casi inmediatamente el punto en el que nosotros tuvimos que romper con la realidad circundante. Desde entonces existe una «unión» potencial que quedaría en entredicho si no llevásemos a término, y hasta el fondo de nuestras conciencias individuales, la ruptura con la visión política. Dado que la esencia de la política es la representación, eso quiere decir que los grupos siempre andan procurando poner su imagen a punto en la pantalla social. Siempre quieren explicar su forma de representarse a sí mismos a fin de ser reconocidos por algunos como la vanguardia que representa a los demás, a la clase. Eso queda de manifiesto en los famosos «lo que nos distingue» de diversos grupúsculos en busca de reconocimiento. Toda delimitación es limitación, y eso conduce a menudo a reducir esa delimitación, de manera bastante rápida y drástica, a unos cuantos eslóganes representativos de cara al marketing «racketista». Toda representación política es una pantalla, y por tanto, obstáculo para una fusión de fuerzas. La representación puede producirse tanto a nivel de grupo como del individuo, y replegarse sobre este último equivaldría a remitirse al pasado.

***

«...“No me enojo” (según dice Heine) y Engels tampoco. No damos un penique por la popularidad. Como prueba de ello, citaré, por ejemplo, el siguiente hecho: por repugnancia a todo culto a la personalidad yo, durante la existencia de la Internacional, nunca permitía que llegasen a la publicidad los numerosos mensajes con el reconocimiento de mis méritos, con que me molestaban desde distintos países; incluso nunca les respondía, si prescindimos de las amonestaciones que les hacía. La primera afiliación, mía y de Engels, a la sociedad secreta de los comunistas se realizó sólo bajo la condición de que se eliminaría de los Estatutos todo lo que contribuía a la postración supersticiosa ante la autoridad.»

Marx a W. Bold (10/11/1877)

«¿Se puede, en el mundo de los negocios y de la burguesía, evitar el fango? Es allí donde tiene su lugar natural. […] A mis ojos, la honesta infamia o la infame honestidad de la moral solvente […] no es nada superior a la abyecta infamia que ni las primeras comunidades cristianas, ni el Club de los Jacobinos, ni nuestra difunta Liga han logrado eliminar de su seno. Sólo cuando se vive en el medio burgués, uno se habitúa a perder el sentimiento de la infamia respetable o de la infame respetabilidad [...]»

Marx a Freiligrath

Tras la constitución del capital en ser material, y por tanto en comunidad social, el personaje tradicional del capitalista desaparece, el proletariado disminuye relativamente —a veces, de forma absoluta—, y las nuevas clases medias se expanden. Toda comunidad humana, por pequeña que sea, se ve condicionada por el modo de ser de la comunidad material. Este modo de ser se debe a que el capital no puede valorizarse —ni, por tanto, existir ni desarrollarse— a menos que una partícula de su ser, a la vez que se autonomiza, se enfrente al conjunto social y se ponga en relación con el equivalente socializado total, el capital. Tiene necesidad de esta confrontación (competencia, emulación), porque no existe más que por diferenciación. A partir de ahí se constituye un tejido social basado en la concurrencia entre «organizaciones» rivales (rackets).

«Reproduce una nueva aristocracia financiera, un nuevo tipo de parásitos en la forma de proyectistas, fundadores y directores meramente nominales; todo un sistema de fraude y engaño con relación a fundaciones, emisión de acciones y negociación de éstas. Es una producción privada sin el control de la propiedad privada.»

(El capital, vol. III, p. 565, Ed. Siglo XXI)

«La expropiación se extiende aquí del productor directo hacia los propios pequeños y medianos capitalistas. Esta expropiación es el punto de partida del modo capitalista de producción; su ejecución es el objetivo de éste, y más exactamente y en última instancia, lo es la expropiación de cada uno de los medios de producción, que con el desarrollo de la producción social dejan de ser medios de la producción privada y productos de la producción privada y que sólo pueden ser ya medios de producción en manos de los productores asociados, y que por ello pueden ser su propiedad social así como son su producto social. Pero esta expropiación misma se presenta,, dentro del sistema capitalista, en una figura antagónica, como la apropiación de la propiedad social por parte de unos pocos; y el crédito les confiere cada vez más a esos pocos el carácter de meros caballeros de industria.»

(Ibíd. p. 567)

En tanto sede del proceso de producción (la creación de valor), la empresa es un espacio que restringe y fija el movimiento del capital. Éste, por tanto, ha de superar esa fijación. Es preciso que la empresa pierda ese carácter: se pasa entonces a la empresa sin propiedad, pero que permite una apropiación mistificada de plusvalor. Eso se hace realidad en esas empresas en las que el capital constante es igual a cero, y en las que sólo es necesario adelantar cierto capital para poner en marcha el «negocio». A continuación aparecen empresas ficticias gracias a las cuales se desarrolla la especulación más desenfrenada.

«En la actualidad el capital se presenta en cada uno de sus momentos bajo la forma de una “organización”. Tras esa palabra —convertida en sinónimo no de fraternidad en una lucha abierta, como en los tiempos gloriosos de las luchas obreras, sino de la ficción hipócrita del interés común oculta tras el inexpresivo y antinemotécnico nombre de la escurridiza empresa, entre los especuladores, administradores, técnicos, obreros especializados, robots y perros guardianes, de los factores de la producción y los estimuladores de la renta nacional— el capital sigue cumpliendo la inmunda función de siempre, infinitamente más ignominiosa que la del emprendedor que, durante el amanecer de la sociedad burguesa, se cobraba en especie su inteligencia, su coraje y su verdadero espíritu pionero.»

La organización no es solamente el capitalismo moderno despersonalizado, sino también el capitalismo sin capital, porque no necesita capital alguno […]

La organización de negocios tiene su propio plan. No establece firmas comerciales responsables que disponen de activos, sino que presenta una «sociedad piloto» provista de un capital ficticio, y si adelanta alguna suma, es sólo para conquistar las simpatías de ciertas agencias estatales, que han de examinar las ofertas, las propuestas y los contratos.

Aquí queda de manifiesto, por otra parte, la falsedad de la estúpida doctrina sobre la burocracia de Estado o de partido, nueva clase dominante que oprime igualmente a proletarios y capitalistas, a la vez que se desvela, bajo un aspecto nuevo y diferente, la hipótesis ridícula, que tan fácil resulta rechazar desde el punto de vista marxista. Hoy día, el «especialista» es el depredador, y el burócrata el miserable lameculos.

La organización difiere de la comuna de trabajo (pura ilusión libertaria de la que no existe ningún ejemplo en lugares determinados) en que no hay paridad de prestaciones en el marco de una obra común, sino que en cada empresa hay una jerarquía de funciones y ventajas. Y no podría ser de otra manera, cuando la empresa tiene que presentar un balance lucrativo y goza de autonomía en el ámbito del mercado. […]

[…] el Estado se alquila a organizaciones que son auténticos gangs empresariales, de composición humana cambiante y escurridiza, en todos los sectores de la economía, siguiendo un itinerario que en todos los sistemas capitalistas contemporáneos está marcado por las odiosas formas que ha adoptado la industria de la construcción, que no tiene sede fija.»

Il programma comunista, nº 7, 1957

No sólo el Estado se alquila a gangs, sino que se convierte él mismo en un gang (racket). No obstante, siempre desempeña un papel de mediador.

«La monarquía absoluta, que era ya un producto del desarrollo de la riqueza burguesa a un nivel incompatible con las viejas relaciones feudales, necesitaba, en conformidad con ello, de un poder general y uniforme; debía ser capaz de ejercerse éste en todos los puntos de la periferia, en calidad de palanca material del equivalente general, de la riqueza en su forma de disponibilidad inmediata, forma en la cual ese equivalente es por entero independiente de relaciones particulares locales, naturales, individuales..»

Marx, Elementos fundamentales para la crítica de la economía política, p. 124.

El Estado como equivalente general apareció, en su forma pura, durante la época de florecimiento de la ley del valor, en el período de la producción mercantil simple. Bajo la dominación formal del capital, éste último aún no domina la ley del valor, por lo que el Estado media entre éste y los restos de los demás modos de producción subsistentes, así como con el propio proletariado. En esta época, además, el sistema de crédito no está lo suficientemente desarrollado, y no ha engendrado al capital ficticio a gran escala. El capital todavía tiene necesidad del rígido patrón-oro. Tras el paso a la dominación real del capital, éste crea su propio equivalente general, que no puede ser rígido, como lo había sido durante el período de la circulación simple. El propio Estado tiene que perder su rigidez, y se convierte en una banda mediadora entre los diferentes gangs, entre la totalidad del capital y los capitales particulares.

En el ámbito político asistimos a la misma transformación. El comité central de un partido o el núcleo de una agrupación cualquiera desempeñan el mismo papel que el Estado. El centralismo democrático no hace más que copiar el mecanismo parlamentario correspondiente a la dominación formal del capital. El centralismo orgánico, defendido de forma meramente negativa, como rechazo de la democracia y de las distintas formas bajo las que se manifiesta (sumisión de la minoría a la mayoría, votos, congresos etc.), vuelve a caer de hecho en la trampa de los mecanismos sociales actualmente vigentes. De ahí, igual que en el fascismo, la mística de la organización. Fue así como el PCI (Partido Comunista Internacional) se convirtió en una banda.
Este movimiento del capital se produce tanto más fácilmente puesto que no topa con ninguna oposición real en la sociedad debido a que el proletariado ha sido destruido. El ser real de éste ha sido negado y sólo existe como objeto del capital. Igualmente, la teoría del proletariado, el marxismo, también fue destruida, primero mediante la obra revisionista de Kautsky, y luego a través de la obra liquidadora de Bernstein. Esto se produjo de manera definitiva, pues ningún asalto del proletariado ha logrado restablecerla desde entonces. Todo esto no viene a ser más que otra forma de decir que el capital logró establecer su dominación real. En efecto, para obtener este resultado, el capital tuvo que absorber al movimiento que lo niega, el proletariado, y constituir una unidad en la que el proletariado no fuese más que un objeto del capital. Esta unidad no puede ser destruida más que por la crisis, tal como la describió Marx. De eso se sigue que toda forma de organización política obrera ha desaparecido. En su lugar, lo que hay son bandas enfrentadas en una competencia obscena, auténticos rackets rivales en su cháchara pero idénticos en su ser.

La existencia de la banda deriva, por tanto, de la tendencia del movimiento del capital a absorber sus contradicciones, de su movimiento de negación y su reproducción en una forma ficticia. En efecto, el capital niega, o tiende a negar, los elementos sobre los que se erige —el individuo y la empresa—, pero en realidad los resucita en forma ficticia. El ser de la banda expresa claramente esa dualidad:

— El jefe que manda (y su camarilla) = caricatura del individuo tradicional.

— La forma colectiva = caricatura de la comunidad basada en los intereses comunes.

Se produce, pues, una reabsorción del movimiento de negación en la banda, que es la realización de la apariencia. La banda también cumple, por otra parte, otro requisito del capital: reemplazar todos los presupuestos naturales o humanos por presupuestos determinados por el capital.

De cara al exterior, la banda política tiende a ocultar la existencia de la «camarilla», ya que para poder reclutar tiene que seducir. Se adorna con un velo de modestia para mejor extender así su poder. Cuando se dirige (periódicos, revistas y panfletos) a elementos exteriores, pretende que hay que ser comprensible y ponerse al nivel de la masa. Así pues, pretende establecerse como mediación con la ayuda de datos inmediatos. Considera a todos los que están fuera como imbéciles, y para seducirlos, está obligada a producir banalidades y estupideces. Al final, se deja seducir por sus propias estupideces ella misma, y es así como es reabsorbida por el entorno. No obstante, otra banda ocupará su lugar, y sus primeros balbuceos teóricos estarán consagrados a atribuir todas las fechorías y equivocaciones a la que la precedió, buscando de esta manera un nuevo lenguaje a fin de reanudar la gran práctica de seducción, pues para seducir hay que aparentar ser diferente de los demás.

Una vez incorporado a la banda (lo mismo cabe decir de cualquier tipo de negocio), el individuo queda ligado a ella por todos los resortes psicológicos de la sociedad capitalista. Si demuestra tener capacidades, éstas serán explotadas inmediatamente sin permitirle profundizar en la «teoría» que ha aceptado. A cambio, se le otorgará un puesto en la camarilla y se convertirá en jefecillo. Si no demuestra tener capacidades, se efectuará de todos modos el intercambio entre su adhesión y su deber de divulgar la posición de la banda que acaba de adoptarlo. Lo mismo sucede en los grupos que pretenden huir de los parámetros establecidos; el mecanismo de la banda tiende a prevalecer igualmente debido a la diferencia de nivel teórico entre los miembros que componen la agrupación. La incapacidad del individuo para afrontar él solo las cuestiones teóricas lo lleva a refugiarse tras la autoridad de otro miembro, que se convierte objetivamente en jefe, o bien tras la entidad grupal, que se convierte en una banda. En las relaciones con el exterior, el individuo, en definitiva, usa su pertenencia a la banda para excluir a los demás y distinguirse de ellos, aun cuando no sea más que para protegerse contra sus propias flaquezas teóricas. Pertenecer para excluir; esa es la dinámica interna de la banda, que se basa en una oposición, reconocida o no, entre el exterior y el interior. Hasta los grupos informales recaen en el racket político: es el caso clásico en el que la teoría se convierte en ideología.

La adhesión a una banda deriva, en el caso de los intelectuales, de la voluntad de identificarse con un grupo que encarne cierto nivel de prestigio teórico, y de prestigio organizativo en el de los sedicentes hombres prácticos. El mecanismo mercantil, por lo demás, interviene en la formación «teórica». Dada la masa creciente de capital-mercancía ideológica a realizar, hay que suscitar una motivación profunda para que dicha mercancía se compre. Para eso, la mejor motivación que hay es ésta: aprender y leer más para estar por encima de la masa y distinguirse de ella. Ostentación del prestigio y exclusión son la manifestación de la competencia bajo todas sus formas; lo mismo sucede en aquellas bandas que han de presumir de su originalidad y de su prestigio para atraer. De ahí el culto de la organización establecida y la exaltación de las particularidades de la banda. A partir de ese momento, ya no se trata de defender una «teoría», sino de defender la continuidad de una organización dada (cfr. el PCI* 1 y su idolatría de la izquierda italiana).

Lo más habitual, por otra parte, es que la adquisición teórica esté destinada a efectuar maniobras: por ejemplo, justificar el acceso al puesto de jefecillo o permitir la liquidación del jefecillo del momento.

La oposición interior-exterior y la estructura de la banda desarrollan el espíritu de competencia al máximo. En efecto, dadas las diferencias de conocimiento teórico entre los miembros, la adquisición teórica se convierte en un elemento de la «selección natural» política, lo cual no es sino un eufemismo para la división del trabajo. En el segundo caso se teoriza la sociedad existente; en el primero, so pretexto de negarla, se fomenta una competencia desenfrenada que desemboca en una jerarquización aún más exacerbada, tanto más si tenemos en cuenta que la oposición interior-exterior se reproduce en el interior de la banda, pues por un lado está el núcleo central, y por otro la masa de los militantes.

La banda política alcanza su paroxismo en aquellos grupos que supuestamente pretenden superar los mecanismos de la sociedad actual: el culto del individuo, de los jefes y de la democracia. En realidad, el anonimato —planteado simplemente como un anti-individualismo— desemboca en la explotación desenfrenada de los miembros de la banda en beneficio de la camarilla dirigente, que obtiene prestigio de todo lo que ésta produce. La defensa del centralismo orgánico se convierte en generalización de la hipocresía, que hace que se produzcan las mismas cochinadas que en los grupos que reivindican el centralismo democrático, pero negando que ése sea el caso.

Lo que mantiene una unidad aparente en el seno de la banda es el chantaje de la exclusión. En efecto, quienes no respetan las normas son expulsados entre calumnias; el resultado es el mismo cuando son ellos los que se marchan. Por otra parte, esto actúa como chantaje psicológico sobre los que se quedan. Esto se manifiesta, con ciertas diferencias, en los distintos tipos de banda.

En los gangs de negocios, moderna forma de la empresa, al individuo se le despide y se le pone de patitas a la calle.

En las bandas delictivas (que expresan la reintegración en la sociedad de la revuelta bajo su forma inmediata, la delincuencia, pues el individuo aislado ingresa en la banda porque no es lo bastante fuerte y carece de protección), al individuo se le propina una paliza o se le mata.

En las bandas políticas, se expulsa al individuo entre calumnias que no son más que la sublimación del asesinato. La calumnia justifica su exclusión o se emplea para forzarlo a marcharse «por propia y libre voluntad».

Es evidente que en la realidad los matices señalados pueden darse en unos tipos de banda u otros. Así como hay asesinatos vinculados a los negocios, también hay ajustes de cuentas que desembocan en asesinatos.
Así pues, el capitalismo es el triunfo de la organización, y ésta adopta la forma de la banda: es el triunfo del fascismo. Así, en los Estados Unidos, las prácticas gansteriles están asentadas en todos los niveles de la sociedad, y en la URSS sucede lo mismo. En el sentido formal, la teoría del capitalismo burocrático jerarquizado es un absurdo, pues la banda es un organismo informal.

Teóricamente existe una alternativa: la exaltación de la disciplina, la exigencia de la pureza militante (cfr. el grupo Rivoluzione Comunista, que rompió en 1964 con el PCI en torno a la cuestión de la creación de una verdadera elite de militantes, lo que no hacía sino volver a sacar a la luz las posiciones del «ultrabolchevismo» considerado por Lukács como alternativa al partido de masas oportunista en el que se había convertido el Partido Comunista de Alemania en el espacio de dos años; cfr. «Consideraciones metodológicas acerca de la cuestión de la organización», en Historia y conciencia de clase). Igualmente, en el plano de la vida sexual, la alternativa a la disolución de las costumbres es el ascetismo. Ahora bien, semejante alternativa se mueve en el marco de la sociedad capitalista. No está vinculada al ser de la clase ni, por tanto, a su futuro. Además, al hacer abstracción de la realidad, esa visión produce una brecha entre teoría y práctica.

Todo eso no hace sino expresar la separación cada vez mayor entre el individuo y la comunidad humana, la miseria en el sentido de Marx. La formación de la banda es la constitución de una comunidad ilusoria. En el caso de la banda de delincuentes, es el resultado de la contención del instinto elemental de revuelta en su forma inmediata. La banda política, por el contrario, aspira a establecer esa comunidad ilusoria como modelo para toda la sociedad. Se trata de un comportamiento utopista sin ninguna base real, pues los utopistas crearon comunidades —que fueron todas absorbidas por el capital— que esperaban que acabasen englobando a toda la humanidad mediante la emulación. Así pues, la frase del Manifiesto Inaugural de la Primera Internacional, «la emancipación de la clase obrera debe ser obra de los obreros mismos», es más válida que nunca.

En la actualidad, o el proletariado prefigura la sociedad comunista y realiza la teoría, o bien sigue siendo lo que la sociedad ya es. El movimiento de mayo de 1968 fue el comienzo de esta prefiguración: de lo que se deduce que el proletariado no puede reconocerse en modo alguno en una organización cualquiera, porque ya las padece bajo otras formas. El movimiento de mayo lo demostró con claridad.

Al haber sido destruido el proletariado, su forma de ser en la realidad inmediata es el propio proceso del capital. En tiempos de Marx, el destino de los partidos obreros que fueron fruto del movimiento inmediato del proletariado en la sociedad de la época era insertarse en el juego de las reglas parlamentarias burguesas. Hoy en día, cuando la comunidad aparente constituida en el cielo de la política por los parlamentos y sus partidos ha sido liquidada por el desarrollo del capital, las «organizaciones» que reivindican al proletariado no son más que simples bandas o camarillas que, gracias a la mediación del Estado, desempeñan el mismo papel que todos los demás grupos que se hallan directamente al servicio del capital. Se trata de la fase grupuscular, en la que, a diferencia de las sectas de la época de Marx, que tuvieron que ser superadas por la unidad del movimiento obrero, estos partidos y estos grupúsculos expresan la ausencia de la lucha de clases. Se disputan los restos del proletariado; teorizan la realidad inmediata de éste y se oponen a su movimiento. En este sentido, cumplen las exigencias de contención del capital. El proletariado, por tanto, no tiene que superarlos, como en el caso de las sectas, sino destruirlos.

La crítica del capital debe ser, pues, la crítica del racket en todas sus formas, del capital como organismo social, visto que se convierte en la vida real del individuo y su modo de ser con respecto a los demás (cfr. a ese respecto, Marcuse, El hombre unidimensional, y Galbraith, El nuevo Estado industrial). La teoría que critica esto no puede reproducir el racket. Así pues, hay que elegir entre el rechazo de toda vida de grupo o la ilusión de comunidad. A este respecto, cabría reemprender la crítica formulada por Engels en el congreso de Sonvillers (lo que decía en la época sobre la Internacional se aplica hoy en día a los grupos) haciendo el comentario siguiente: en la época de Marx, el proletariado no podía llegar a negarse a sí mismo (en el sentido de que, en el curso de la revolución, debía erigirse en clase dominante: 1848, 1871, 1917). Existía realmente una separación entre partido formal y partido histórico. Hoy, el partido no puede ser más que el partido histórico; cualquier movimiento formal es la reproducción de esta sociedad, y el proletariado está al margen. Ningún grupo puede en modo alguno pretender realizar la comunidad sino substituyéndose, en definitiva, al proletariado, que es el único que puede realizarla. De ahí la introducción de una distorsión que engendra ambigüedad teórica e hipocresía práctica.

No basta con hacer la crítica del capital ni con afirmar que no existen vínculos organizativos; es preciso evitar reproducir la estructura de la banda, que es el producto espontáneo de la sociedad. Es ahí donde debe desembocar la crítica de la izquierda italiana y de nuestro modo de ser desde la ruptura con el PCI.

El revolucionario no debe reconocerse en un grupo, sino en una teoría que no dependa de un grupo ni de una revista, porque es la expresión de una lucha de clases concreta. En realidad, el anonimato, que no es la negación del individuo (negación que se produce dentro de la propia sociedad capitalista) se plantea precisamente en este sentido. El acuerdo, ha de darse, pues, en torno a un trabajo en curso que exige ser desarrollado. Es por eso que los conocimientos teóricos y la voluntad de adquisición teórica, no a través del grupo, que se interpone como un diafragma entre el individuo y la teoría, sino de forma autónoma y personal, son absolutamente necesarios para evitar que se repita la relación maestro-alumno (otra forma de la contradicción espíritu/materia, jefe/masa) y que se renueve la práctica del seguidismo.

Es preciso regresar a la actitud de Marx posterior a 1851 frente a todos los grupos para entender cómo romper con la práctica de los gangs:

— rechazo de toda reconstitución de un grupo, incluso uno informal (cfr. la correspondencia Marx-Engels, las diversas obras sobre la revolución de 1848, y panfletos como «Los grandes hombres del exilio», 1852).

— mantenimiento de una red de contactos personales con los elementos que hayan alcanzado (o estén en vías de alcanzar) el grado más alto de conocimiento teórico: anti-seguidismo, antipedagogía; el partido, en su sentido histórico, no es una escuela 2
.

La actividad de Marx siempre consistió en poner en evidencia el movimiento real que tiende al comunismo y defender las conquistas del proletariado en su lucha contra el capital. De ahí la posición de éste en 1871, al desvelar el «imposible comunismo» en la actividad de la Comuna de París o declarar que la primera Internacional no era fruto de teoría ni secta alguna. Es preciso emprender la misma actividad ahora. Las relaciones de todos aquellos que quieran entrar en contacto con el trabajo presentado en esta revista con el fin de desarrollarlo y asegurar una exposición más detallada y precisa, cada vez más clara, deben ser aquellas indicadas antes con respecto a la obra de Marx, so pena de recaer de nuevo en las prácticas gansteriles.

Por tanto, de esto también se deduce que es preciso desarrollar una crítica de la concepción de «programa» de la izquierda comunista italiana, ya que esta noción de «programa comunista» nunca se clarificó de manera suficiente, como lo demuestra el hecho de que, en un momento dado, reapareciera en el seno de la izquierda la polémica Martov-Lenin, producto en sí misma de la liquidación del concepto de teoría revolucionaria de Marx en tanto reflejo de una separación completa entre los conceptos de teoría y praxis. Para el proletariado, en el sentido de Marx, la lucha de clases es producción y a la vez radicalización de la conciencia. La crítica del capital expresa una conciencia ya producida por la lucha de clases y se anticipa a su futuro. Para Marx y Engels, pues, movimiento del proletariado = teoría = comunismo.

«El Sr. Heinzen se imagina que el comunismo es una doctrina que procede de un principio teórico central y saca conclusiones a partir de aquí. El Sr. Heinzen está muy equivocado. El comunismo no es una doctrina, sino un movimiento; no procede de principios, sino de hechos. Los comunistas no parten de tal o cual filosofía, sino de todo el curso de la historia anterior y particularmente de los resultados reales a los que se ha llegado actualmente en los países civilizados. […]El comunismo, como teoría, es la expresión teórica de la posición del proletariado en esta lucha y la síntesis teórica de las condiciones para la liberación del proletariado.»

F. Engels, «Los comunistas y Karl Heinzen», artículo 2, MEW 4, pp. 321-322.

En realidad, para Marx, dado que el problema de la conciencia venida del exterior era inexistente, tampoco existía ninguna cuestión de formación de militantes, de activismo o de academicismo; igualmente, la problemática de la auto-educación de las masas —en el sentido de los «comunistas de los consejos» y consortes, falsos discípulos de R. Luxemburgo y auténticos discípulos del reformismo pedagógico— tampoco se planteaba. La teoría de Rosa Luxemburgo sobre el movimiento de clase que encuentra en la realidad misma las condiciones para radicalizarse desde que comienza la lucha, es la más próxima a la posición de Marx (cfr. su posición sobre la «creatividad de las masas», que muestra que era capaz de captar al proletariado más allá de su existencia inmediata).

Eso demuestra la necesidad de superar la forma burguesa de percibir y concebir la realidad social y de entroncar, como hizo Marx, con la demostración de Hegel acerca del carácter mediato de toda forma de inmediatez, pues es propio del pensamiento «científico» aceptar el dato inmediato como el objeto real del conocimiento sin percibir ni concebir la mediación que le subyace. Sobre la base de tal gnoseología, en la sociedad capitalista la apariencia social se convierte en la realidad y viceversa. El ser real del proletariado está oculto y la clase es percibida en su forma de vida aparente. De ahí el problema de la conciencia procedente del exterior y que todos queden estupefactos y atónitos en el momento en que el proletariado manifiesta su verdadero ser (1905-1917).

Pese a estar mejor pertrechada en el ámbito de la teoría del proletariado, en 1950 la izquierda comunista italiana no llevó a cabo una ruptura definitiva con su pasado de 1919-1926. Su crítica del trotskismo, del comunismo de consejos, etc. no llegó hasta la restauración integral de las nociones de partido y de proletariado en Marx. De ahí que su posición oficial y su esencia real oscilaran entre una concepción del programa como «escuela marxista» y un activismo de poca monta de tipo trotskista. Este segundo aspecto fue el que predominó a partir de 1960, favorecido por el hecho de que una camarilla de gánsteres totalmente ajenos a la teoría y al proletariado se apoderaron de la «escuela», gracias, sobre todo, a las persistentes ambigüedades de ésta sobre problemas de vital importancia: la cuestión sindical y la ruptura con la noción de «vanguardia del proletariado», que se había llevado a cabo en la práctica y en los debates no oficiales, pero que persistían en el canon oficial del partido. Fue entonces cuando resucitó el debate Martov-Lenin sobre la cuestión de la organización, demostrando hasta qué punta esa corriente —cuyos funerales de tercera clase llegaron con mayo de 1968— estaba definitivamente muerta y enterrada.

Hay que señalar, por otra parte, que desde que salimos del PCI, no hemos hecho más que intentar despejar esa ambigüedad, esforzándonos por poner en evidencia los aspectos positivos de la izquierda; al obrar así no hicimos más que infundirle savia vida y llevarla a su expresión más extrema (cfr. los artículos de Invariance). Y esto nos llevó a caer de nuevo en una práctica de grupo, incluso aunque lo considerásemos informal, lo que acarreaba la inevitable tendencia a sustituirse al proletariado. Ya no se trata de reflexionar sobre el modo de encontrar un acomodo en el seno de la posición de la izquierda, sino de reconocer que si hubo acomodo, fue porque desde el principio, esa posición contenía una teoría que no era integralmente la del proletariado. Así pues, no basta con afirmar que la creación del partido en 1943 fue prematura; es preciso decir que fue absurda. En consecuencia, hemos de romper con nuestro pasado y volver a la posición de Marx.

Esta carta no fue escrita como exposición exhaustiva y definitiva de los temas tratados, sino que pretendía ser una ruptura con todo el pasado de «grupo». Las firmas que siguen pretenden subrayar esta ruptura, no indicar la liquidación de las posiciones adoptadas con respecto a la cuestión del anonimato.

Jacques Camatte - Gianni Collu

(trad. F. Corriente)

  • 1. Se trata del Partido Comunista Internacional (bordiguista). (N. del t.)
  • 2. Hablar de reanudar una actitud adoptada por Marx en determinado momento de su actividad revolucionaria derivaba de la incomprensión profunda de que la fase de dominación formal del capital había terminado por completo. Ahora bien, Marx sólo tuvo que tomar posición en aquel período. Por otra parte, su comportamiento teórico en torno a la cuestión del partido no fue tan rígida como indica la carta. Pero lo más inaceptable de las afirmaciones anteriores es que podrían abrir camino a una nueva teoría de la conciencia venida del exterior por el rodeo de una teoría elitista del desarrollo del movimiento revolucionario.
    El rechazo de toda organización no es una simple posición anti-organizativa. Quedarse allí no dejaría de ser la exteriorización de una voluntad de originalidad, un intento de destacarse como distintos y lograr así atraerse cierto número de elementos… A partir de lo cual volvería a desplegarse el proceso de racketización.
    Nuestra posición sobre la disolución de los grupos procede, por un lado, del estudio del devenir del modo de producción capitalista, y de nuestra caracterización del movimiento de Mayo, por otro. Estamos profundamente convencidos de que el fenómeno revolucionario está en marcha y que, como siempre —sobre todo en este ámbito— la conciencia sigue a la acción. Esto significa que, en el vasto movimiento de rebelión contra el capital, los revolucionarios adoptarán un comportamiento determinado —que no estará garantizado de una vez por todas— compatible con la lucha decisiva y determinante contra el capital.
    Podemos prever el contenido de semejante organización. Combinará la aspiración a la comunidad humana con la afirmación individual, que es el rasgo distintivo de la fase revolucionaria actual. Tenderá a realizar la reconciliación del hombre con la naturaleza, pues la revolución comunista también es una revuelta de ésta última contra el capital; por otra parte, sólo seremos capaces de sobrevivir mediante una nueva relación con la naturaleza y conjurar así el segundo término de la alternativa que se nos plantea en la actualidad: comunismo o destrucción de la especie humana.
    A partir de este momento, para comprender mejor este devenir organizativo, a fin de facilitar y no inhibir lo que haya de ser, es importante rechazar todas las formas antiguas y tomar parte, sin apriorismos, en el vasto movimiento de nuestra liberación. Este se desarrolla a escala mundial, y es preciso eliminar todo aquello que pudiera obstaculizar el cambio revolucionario. En circunstancias dadas y en el transcurso de acciones específicas, la corriente revolucionaria se estructurará no sólo de manera pasiva y espontánea, sino dirigiendo siempre el esfuerzo de reflexión hacia la cuestión de cómo realizar la verdadera Gemeinwesen (el ser humano) y el hombre social, lo que implica la reconciliación de los hombres con la naturaleza. [Nota de 1972
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Jul 30 2017 17:06

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  • Toda delimitación es limitación, y eso conduce a menudo a reducir esa delimitación, de manera bastante rápida y drástica, a unos cuantos eslóganes representativos de cara al marketing «racketista».

    Jacques Camatte