La Feminización de la Pobreza: Una Perspectiva Feminista Socialista

A Woman's Place Is In the Revolution

En última instancia, eliminar la feminización de la pobreza no puede separarse de una crítica de la estructura económica capitalista que la produce. La cuestión no es simplemente mejorar las condiciones de vida; se trata de una reconsideración fundamental de cómo se organiza el trabajo y cómo se distribuyen los recursos y el poder dentro de la sociedad. Mientras las mujeres soporten la carga de reproducir la vida sin reconocimiento, sin salario y sin protección, cualquier discurso sobre la igualdad permanecerá suspendido en el aire, sin tocar jamás el suelo sobre el que millones de mujeres se sostienen cada día.

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Submitted by SaraA on May 17, 2026

La Feminización de la Pobreza: Una Perspectiva Feminista Socialista

La Feminización de la Pobreza: Una Perspectiva Feminista Socialista

Bayan Saleh

En última instancia, eliminar la feminización de la pobreza no puede separarse de una crítica de la estructura económica capitalista que la produce. La cuestión no es simplemente mejorar las condiciones de vida; se trata de una reconsideración fundamental de cómo se organiza el trabajo y cómo se distribuyen los recursos y el poder dentro de la sociedad. Mientras las mujeres soporten la carga de reproducir la vida sin reconocimiento, sin salario y sin protección, cualquier discurso sobre la igualdad permanecerá suspendido en el aire, sin tocar jamás el suelo sobre el que millones de mujeres se sostienen cada día.
Cuando hablamos de pobreza en el discurso político o académico, solemos tratarla como un fenómeno neutral, como si recayera sobre todos por igual y de la misma manera. Sin embargo, una mirada crítica basada en la clase expone la falsedad de esta supuesta neutralidad, afirmando que la pobreza no se distribuye de manera uniforme y que las mujeres soportan su carga de forma más aguda y duradera.
Aquí es precisamente donde entra el concepto de feminización de la pobreza, no simplemente como una descripción estadística, sino como una herramienta analítica crítica que revela la relación estructural entre el sistema económico capitalista y las relaciones de género, así como las múltiples formas de exclusión y marginación que surgen de ambos.
El concepto surgió en la década de 1970 para describir el aumento continuo de las tasas de pobreza entre las mujeres, especialmente a medida que crecía el número de mujeres que asumían en solitario la responsabilidad de sostener a sus familias. Desde entonces, ha quedado claro que la pobreza no es neutral ni en términos de género ni en términos de clase, y que está ligada a estructuras de poder que determinan quién tiene acceso a los recursos y quién se ve privado de ellos.
Los últimos datos de ONU Mujeres indican que el 9,2% de las mujeres y niñas vive en pobreza extrema, frente al 8,6% de los hombres y niños, y la brecha se agrava en el grupo de edad de 25 a 34 años, donde las mujeres tienen un 25% más de probabilidades de vivir en pobreza extrema. Los informes del Banco Mundial señalan que la brecha salarial de género a nivel mundial se sitúa en el 23%, llegando al 47,9% en regiones del Sur Global como Asia Meridional. Estas cifras confirman que la pobreza no es neutral en cuanto al género, pero los números por sí solos no son suficientes para comprender lo que ocurre, ya que describen los síntomas sin ahondar en las raíces.

Cuando la Explotación es Doble

La feminización de la pobreza no puede explicarse centrándose únicamente en la brecha salarial; debe entenderse en el marco de una estructura económica más profunda que reproduce sistemáticamente la desigualdad de género. El capitalismo no solo produce disparidad de clase, sino que también reproduce la disparidad de género a través de la organización y división del trabajo de maneras que sirven ante todo a los intereses del capital.
Esto es lo que Clara Zetkin vio con claridad cuando argumentó que la mujer trabajadora se enfrenta a una doble explotación, cuyas dos dimensiones no pueden entenderse la una sin la otra: es explotada como trabajadora a la que se le paga menos que a un hombre en el mercado laboral, y es explotada dentro de la familia a través del trabajo doméstico no remunerado que garantiza la reproducción de la fuerza de trabajo sin costarle al capital un solo centavo. Anuradha Ghandy reafirmó este análisis, señalando que esta doble explotación adopta formas aún más agudas en los contextos del Sur Global, donde la clase, la casta y el género se entrecruzan en un único sistema de dominación.
Una de las manifestaciones más importantes de este sistema es la separación entre el trabajo productivo reconocido económicamente y el trabajo no remunerado necesario para la continuación de la vida. El trabajo doméstico y de cuidados que realizan las mujeres constituye la base de la reproducción social, y sin embargo no recibe ningún reconocimiento económico, lo que disminuye su valor y excluye a las mujeres de la independencia económica. Cuando el feminismo socialista exige el reconocimiento de este trabajo y su transformación en una responsabilidad colectiva, a través de guarderías públicas, centros de cuidado y servicios sociales, no está pidiendo una reforma parcial. Está exigiendo una reorganización fundamental de la relación entre producción y reproducción social en el corazón mismo del sistema económico.
Al mismo tiempo, las mujeres se integran en el mercado laboral de manera desigual, concentradas en sectores precarios y de bajos salarios con escasa estabilidad o protección. En lugar de convertirse en un vehículo de liberación económica, el trabajo remunerado se convierte con frecuencia en una prolongación de la dependencia, especialmente en el contexto de la persistente discriminación salarial y las limitadas posibilidades de avance profesional. Esta situación se agrava por la doble carga que soportan las mujeres al combinar el trabajo remunerado con el trabajo doméstico no remunerado, sin ninguna redistribución equitativa de los roles. Esta dualidad no es ni un destino biológico ni una herencia culturalmente neutral; es el producto de un sistema económico basado en la clase que necesita mantener a las mujeres en la posición de trabajadora flexible que puede ser empujada a los márgenes cuando el mercado lo exige, y luego recuperada cuando se necesita mano de obra barata.

Crisis y Austeridad: Cuando las Mujeres Pagan por Crisis que No Crearon

Lo que hace el panorama más complejo es que las crisis económicas, los conflictos y el cambio climático profundizan la feminización de la pobreza, con las mujeres afectadas de manera desproporcionada por estos cambios, especialmente en las sociedades más frágiles. En un contexto global donde la explotación económica se cruza con formas históricas de dominación, las mujeres en vastas regiones del mundo se ven más expuestas a las formas más duras de pobreza y marginación.
Sin embargo, la cuestión no se detiene en las crisis excepcionales. Las políticas de austeridad impuestas por las instituciones financieras internacionales a los países del Sur Global durante décadas representan un ejemplo flagrante de la feminización de la pobreza como decisión política deliberada. Cuando se recortan los servicios públicos como la educación, la salud y el bienestar, estos no desaparecen. En cambio, su carga recae sobre las mujeres, que compensan con sus cuerpos y su tiempo lo que la política neoliberal ha arrebatado a los presupuestos estatales. La austeridad, en este sentido, no es una política neutral; es una política con sesgo de género cuyos costos pagan las mujeres en primer lugar y de manera más onerosa.
La lucha contra las políticas de austeridad y la lucha por los derechos de las mujeres no pueden separarse. La mujer que pierde el acceso a la educación pública cuando se privatizan las escuelas, la mujer obligada a dejar el trabajo cuando cierran las guarderías públicas, la mujer que asume el cuidado de los enfermos cuando se recortan los presupuestos de salud; todas ellas pagan el precio de decisiones económicas tomadas en instituciones internacionales que no son elegidas ni rinden cuentas. Por esta razón, enfrentarse a la feminización de la pobreza es inseparable de enfrentarse al sistema económico capitalista global que la produce y la reproduce.
Esta brecha es igualmente visible en el ámbito del empleo, donde la participación de las mujeres en el mercado laboral es inferior a la de los hombres, y donde una gran proporción de las mujeres trabajadoras se encuentra en empleos precarios y de bajos salarios con escasa protección. Las mujeres sufren en mayor medida la inseguridad alimentaria y la ausencia de sistemas de protección social, una realidad que profundiza su vulnerabilidad económica y hace que cualquier shock externo sea más capaz de empujarlas por debajo del umbral de subsistencia.

Del Diagnóstico al Cambio: Hacia Políticas Radicales, No Superficiales

Lo que hace este fenómeno particularmente peligroso es que no se limita al sufrimiento individual; sus efectos se extienden al bienestar de los hogares, contribuyen a la reproducción intergeneracional de la pobreza y restringen el potencial de desarrollo al marginalizar los roles de las mujeres y excluir sus contribuciones económicas y sociales. La feminización de la pobreza se convierte así en la expresión de una disfunción estructural que requiere un tratamiento radical, no soluciones parciales que alivien los síntomas sin tocar las raíces.
Aquí es donde se hace evidente la brecha entre la perspectiva de clase del feminismo socialista y el feminismo liberal reformista. Las corrientes liberales se limitan a exigir el empoderamiento de las mujeres dentro del sistema existente sin cuestionar su estructura, centrándose en el empoderamiento individual a través de la educación, la formación y el acceso a las microfinanzas. La perspectiva feminista socialista, por el contrario, sostiene que estas herramientas son insuficientes si no van acompañadas de un cambio fundamental en las relaciones de producción, propiedad y poder. La mujer que obtiene un pequeño préstamo en una sociedad que la excluye de la educación, la carga con trabajo doméstico no remunerado y la somete a leyes laborales precarias sigue siendo prisionera de la misma estructura, aunque su situación mejore marginalmente.
Enfrentarse a este fenómeno exige políticas basadas tanto en la igualdad de género como en la eliminación de la explotación de clase. Esto incluye lograr la igualdad salarial, garantizar los derechos legales de las mujeres en el trabajo, ampliar la protección social para cubrir a los grupos más vulnerables e invertir en educación y formación para empoderar económicamente a las mujeres. También requiere el reconocimiento del valor económico del trabajo de cuidados, la provisión de servicios públicos que reduzcan su carga y una redistribución de roles dentro de la familia y la sociedad que permita una participación más equitativa tanto en el trabajo remunerado como en el no remunerado.
Sin embargo, estas medidas, por necesarias que sean, siguen siendo insuficientes si no producen un cambio en la naturaleza de las relaciones de propiedad que hacen estructuralmente más barato, más precario y menos protegido el trabajo de las mujeres. El pleno reconocimiento del trabajo de cuidados no significa simplemente incluirlo en los cálculos del PIB; significa transformarlo en una responsabilidad colectiva asumida por el Estado y la sociedad, no por las mujeres solas. Y lograr la igualdad salarial no significa solo elevar el salario mínimo; significa desmantelar la jerarquía de clase en el mercado laboral que hace de las mujeres, particularmente las de las clases más bajas, las más vulnerables en cada crisis.
En última instancia, eliminar la feminización de la pobreza no puede separarse de una crítica de la estructura económica capitalista que la produce. La cuestión no es simplemente mejorar las condiciones de vida; se trata de una reconsideración fundamental de cómo se organiza el trabajo y cómo se distribuyen los recursos y el poder dentro de la sociedad. Mientras las mujeres soporten la carga de reproducir la vida sin reconocimiento, sin salario y sin protección, cualquier discurso sobre la igualdad permanecerá suspendido en el aire, sin tocar jamás el suelo sobre el que millones de mujeres se sostienen cada día.

Fuentes Estadísticas

UN Women, Gender Snapshot 2025: https://www.unwomen.org/en/node/476303
UN Women, Women aged 25-34 face higher poverty rates (2023): https://sundiatapost.com/2bn-women-girls-lack-access-to-social-protection-un-women/
UN Women, Equal Pay (CSW61): https://www.unwomen.org/en/news/in-focus/csw61/equal-pay

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