Un arma de destrucción masiva sin explosión: la inteligencia artificial y el desmantelamiento de la mente humana

AI and the dismantling of the human mind

REzgar Akrawi: Lo que tenemos hoy delante no es un destino técnico ineludible. Es el producto de decisiones políticas y económicas que sirven a los intereses del capital, y puede ser combatido. Ello exige una organización de izquierda, progresista y de derechos a escala mundial, trabajar por construir alternativas digitales de izquierda y progresistas, situar la infraestructura de datos bajo el interés público y la administración social, convertir los algoritmos de «cajas negras» en software de código abierto sometido a auditoría independiente, imponer la transparencia en el diseño de los modelos y en las fuentes de sus datos, apoyar alternativas digitales cooperativas propiedad de quienes las usan y de quienes trabajan en ellas, y orientar esta tecnología al servicio de las necesidades de la sociedad y de la justicia social.
Sin estos mecanismos, el llamamiento a las leyes y a la supervisión sigue siendo general e insuficiente, y la tecnología continúa rehén de un puñado de corporaciones monopolistas y de grandes potencias. En cambio, mediante la propiedad social, la rendición de cuentas social y las alternativas cooperativas, se vuelve posible arrancar la inteligencia artificial a la lógica del monopolio y del beneficio, y convertirla en propiedad colectiva y en un medio de liberación humana.

Submitted by rezgar2 on September 27, 2026

Un arma de destrucción masiva sin explosión: la inteligencia artificial y el desmantelamiento de la mente humana

Los directivos advierten y la carrera continúa: una lectura de izquierda del dilema de la inteligencia artificial

El lado ruidoso y el lado silencioso

Lo que presenciamos hoy no es una toma del poder sobre la humanidad por parte de los robots, tal como la imaginó el cine. Es otro modelo de control digital, asentado en la automatización y en los algoritmos para gestionar ámbitos cada vez mayores de la vida cotidiana. Perder el control sobre estos sistemas es, sin embargo, solo el lado ruidoso del peligro, que se desarrolla con rapidez por efecto de la competencia entre las grandes potencias y las corporaciones monopolistas, hasta el punto de que las leyes no logran seguirle el paso, y su desarrollo ocurre dentro de relaciones de propiedad y de una competencia feroz que hacen más probable que se salgan de control y multiplican su coste para la gente. Su cara más grave es mucho más callada, ya que la inteligencia artificial, bajo la estructura capitalista que la desarrolla, contribuye a moldear la conciencia de miles de millones de personas en un sentido que sirve a la lógica del modelo capitalista, y esta competencia puede, a falta de leyes eficaces, infligir los daños más graves a la mente humana y convertir la inteligencia artificial en un arma de destrucción masiva.

Estas inquietudes ya no provienen únicamente de quienes critican. La revista TIME reveló que un sistema de inteligencia artificial se salió de control y atacó a otros sistemas, y días después cerca de 1.400 ingenieras e ingenieros de las mayores empresas firmaron una petición conjunta que reclama poner freno al ritmo del desarrollo, y entre quienes la suscribieron figuran altos responsables de esas mismas empresas. Decenas de miles de personas, entre ellas científicos destacados del campo, han firmado una declaración internacional que exige prohibir el desarrollo de la «superinteligencia» mientras no exista un consenso científico sobre su seguridad, mientras pensadores y técnicos han reclamado que su desarrollo se regule por ley y quede bajo supervisión social.

El 12 de septiembre de 2026, bajo una presión mundial popular, de derechos humanos y también técnica, las corporaciones del capitalismo digital se vieron obligadas a romper su silencio. Dario Amodei, director ejecutivo de Anthropic, publicó un artículo titulado «Debemos pautar el ritmo de la frontera» en el que llama a su propia industria a frenar la carrera del desarrollo y propone abrir los laboratorios a evaluadores independientes con plenas atribuciones, un organismo de normas comunes entre las empresas y un acuerdo internacional que incluya a China. En cuestión de horas Sam Altman anunció su acuerdo y adoptó la misma medida, Elon Musk escribió «Dario tiene razón», y a ellos se sumó Demis Hassabis, de Google DeepMind, mientras las tres empresas revelaron que llevaban semanas dialogando sobre el asunto.

Esta admisión de los propios propietarios es la confirmación más clara de la gravedad de la situación, pues dicen abiertamente que no pueden detenerse por separado, porque quien baja el ritmo pierde frente a sus competidores, lo que significa que el núcleo del problema está en la estructura misma de la propiedad y de la competencia. La respuesta de la administración estadounidense llegó rápido: Donald Trump calificó estas advertencias de «engaño» y «conspiración enfermiza» y escribió «no maten a la gallina de los huevos de oro», mientras su vicepresidente JD Vance las consideró un «caballo de Troya». Así, el Estado más poderoso se coloca del lado de la aceleración sin controles, incluso frente a quienes fabrican esta tecnología. Y no creo que estas corporaciones vayan a adoptar medidas efectivas. Lo más probable es que sus medidas sigan siendo formales y busquen absorber la inquietud y la oposición crecientes, pues están ligadas a los poderes gobernantes y sometidas a las reglas de la competencia y de la dominación.

Nadie niega las enormes posibilidades que ofrece la inteligencia artificial. Comprime años de investigación en el descubrimiento de fármacos, eleva la precisión del diagnóstico de enfermedades y permite detectarlas de forma temprana, modela los cambios del clima y avisa de sus catástrofes, y derriba las barreras lingüísticas y pone el conocimiento al alcance de quienes estuvieron privados de él. Y son precisamente esas conquistas las que vuelven la pregunta más urgente, pues el artículo no discute tales capacidades. Lo que pregunta es quién las posee, quién las dirige, a qué intereses sirven y cómo se emplean.

De la orientación de la conciencia a la servidumbre digital voluntaria

Esta tecnología se emplea de manera sistemática para orientar la conciencia de las personas de un modo que refuerza la cultura capitalista y sus valores, pues los algoritmos de clasificación y recomendación controlan el contenido mostrado y están diseñados para alimentar a los usuarios con lo que sirve a la visión capitalista. La tendencia se ha afianzado con la expansión de las plataformas, ya que según el informe de la Unión Internacional de Telecomunicaciones cerca de tres cuartas partes de la población mundial son ya usuarias de internet, y ello se debe en parte al empeño de las corporaciones monopolistas y las grandes potencias por llevar internet a todos los rincones del mundo, y en especial a los países del Sur, incluso en regiones que carecen de agua potable y electricidad, porque la prioridad de la inversión va hacia lo que amplía el mercado antes que hacia lo que cubre las necesidades de la gente, y eso es una nueva colonización en su forma digital.

Y así la conciencia colectiva es llevada gradualmente a aceptar estos valores como naturales e inevitables, hasta el punto de que la mayoría de los usuarios, incluidos sectores de izquierda, ven en esta tecnología herramientas neutrales. El efecto alcanza también a las facultades mentales, pues según un estudio de investigadores del Instituto Tecnológico de Massachusetts apoyarse en herramientas de escritura con IA reduce la actividad cerebral y debilita la memoria, algo que los investigadores llamaron «deuda cognitiva», mientras otro estudio vinculó el uso frecuente con un debilitamiento del pensamiento crítico a través de la «descarga cognitiva». Y no se limita a los laboratorios, ya que los resultados de la evaluación internacional del alumnado trasladaron el panorama a sistemas educativos enteros con los peores resultados en la historia de las escuelas europeas, y detrás de ello está el modelo de beneficio de las plataformas asentado en la adicción digital y en la explotación de los grandes volúmenes de datos para manipular las motivaciones de las personas.

Lo que hace más peligrosa esta dominación es su carácter voluntario, pues las personas son empujadas hacia esta «servidumbre digital» sin coerción y bajo la ilusión de control y de elección. Ahora bien, una libertad cuyas condiciones no pertenecen a quien la ejerce no es libertad, pues es una elección entre lo que el capital ha colocado delante. Y lo que ocurre en el plano de la persona se repite en el plano de la humanidad, ya que la ausencia de propiedad colectiva y de control democrático es lo que hace que la persona pierda el dominio sobre su conciencia, y puede hacer que la humanidad pierda el dominio sobre la herramienta más peligrosa que ha fabricado, con lo que se reproduce en forma digital la alienación humana, donde el ser humano queda sometido a algoritmos que le determinan qué lee, cómo piensa y cómo se comunica.

La inteligencia artificial puede convertirse en un arma de destrucción masiva

En el plano militar, esta competencia toma cuerpo en una verdadera carrera armamentista que abarca armas autónomas, robots de combate y sistemas de designación de objetivos. Y hay investigadores que advierten del colapso de estos sistemas cuando pasan del entorno de prueba a las condiciones de la guerra. El peligro no es hipotético, pues ha habido sistemas de inteligencia artificial que se salieron de control en casos anunciados y documentados.

Ahora bien, la destrucción que puede provenir de la inteligencia artificial no se detiene en los límites de la guerra y de las operaciones militares, ya que tiene otro nivel más callado en su sonido y más largo en su alcance. El arma nuclear estuvo ligada a un uso militar directo, relativamente visible y sujeto a cálculos y acuerdos internacionales declarados, y su peligro quedó confinado al instante de la detonación y a lo que vino después.

En el plano de la conciencia, en cambio, la inteligencia artificial trabaja en silencio y se infiltra en los detalles de la vida diaria, en la educación, el trabajo, los medios, los servicios y la mayoría de las articulaciones de la sociedad, debilita las capacidades humanas, profundiza la dependencia de los sistemas digitales, y con ella retroceden el pensamiento crítico y la autonomía cognitiva. Aquí la destrucción se vuelve menos ruidosa y más extendida, y la propia servidumbre digital se convierte en una forma de arma de destrucción masiva, porque no mata a la persona de un solo golpe, y en cambio rehace su conciencia, sus capacidades y sus relaciones día tras día. Los dos niveles son dos caras de una misma arma: una destruye los cuerpos en un instante, la otra desmantela las mentes con calma.

Y mirando ambos niveles a la vez, el peligro no reside solo en producir armas más letales, y reside también en la reconfiguración del ser humano y de la sociedad cuando el desarrollo y el empleo de la inteligencia artificial quedan sometidos a la lógica del beneficio, la competencia, el monopolio y el control. La inteligencia artificial puede amenazar la capacidad humana de comprender, elegir, analizar y decidir. Por eso cientos de investigadores destacados en inteligencia artificial, entre ellos quienes contribuyeron a construirla, firmaron una declaración escueta que sostiene que «mitigar el riesgo de extinción causado por la inteligencia artificial debería ser una prioridad global junto a otros riesgos de escala social como las pandemias y la guerra nuclear».

Cuando la tecnología más peligrosa de la historia humana se convierte en una carta en manos de la rivalidad geopolítica y militar capitalista entre los grandes polos, sin frenos jurídicos, sociales y democráticos reales, el riesgo de perder el control deja de ser una amenaza solo para la conciencia individual y pasa a ser una amenaza para el futuro de la sociedad y de la humanidad entera.

Un terreno de lucha de clases y cognitiva

Con todo, sería un error caer en el determinismo tecnológico. La inteligencia artificial es un terreno abierto de lucha de clases y cognitiva: el capital la emplea en la represión, la designación de objetivos, la muerte y el lavado de la conciencia, y la usan médicos, investigadores del clima, activistas, sindicatos y movimientos obreros en el tratamiento, en la lucha y para hacer llegar la voz de las víctimas. Y la misma evidencia que registra el daño registra el beneficio cuando cambian las condiciones, en la educación y en los centros de trabajo, donde el rendimiento y la productividad se elevan cuando el sistema está diseñado para que el usuario haga el trabajo en lugar de sustituirlo, y cuando se mantiene la supervisión social.

Y queda la pregunta más importante: ¿quién se beneficia de estas ganancias? El aumento de la productividad significa un incremento de la plusvalía extraída del trabajo de las y los trabajadores manuales e intelectuales, y la inteligencia artificial no es aquí una técnica neutral, pues intensifica la explotación, ya que produce el mismo valor con menos trabajo y menos tiempo, mientras la mayor parte de las ganancias se convierte en beneficios para el capital. Eso se ve en el terreno del trabajo, donde la amenaza sobre los empleos ha dejado de ser una posibilidad futura, pues ya ha comenzado la supresión y el recorte de numerosos puestos y tareas profesionales, y amplios sectores afrontan el riesgo de perder su empleo o de ver deterioradas sus condiciones de trabajo.

Este cambio se presenta a menudo como si la inteligencia artificial fuera una entidad independiente que «se apodera» de los empleos, y esa formulación oculta la decisión económica y política que hay detrás, pues son las empresas y los empleadores quienes deciden la inversión, el despido y el reparto de las ganancias de productividad, y todo empleo suprimido es el resultado de una decisión humana sobre quién recoge los frutos del progreso técnico y quién carga con su coste. E incluso allí donde no sustituye a nadie, basta con agitar la posibilidad de prescindir de la plantilla para que todos se disciplinen, y los trabajadores aceptan jornadas más largas, salarios más bajos y una vigilancia más estrecha por miedo a perder su empleo.

Así, el ejército de reserva de la fuerza de trabajo adopta una nueva forma digital que debilita la capacidad de la clase trabajadora de negociar, organizarse y hacer huelga. El desempleo no es aquí un destino técnico, y se vincula al modo en que se usa la técnica y a las decisiones del capital, pues esa misma técnica es capaz, bajo otras relaciones sociales, de reducir la jornada laboral, mantener los salarios, ampliar el tiempo de descanso y liberar a los seres humanos del trabajo agotador. El problema no está en producir más con menos trabajo. Está en que los frutos de ello se orientan, bajo el sistema capitalista, hacia la acumulación de beneficios, en lugar de convertirse en tiempo libre, seguridad económica y una vida mejor para quienes producen el valor.

Conclusión y tareas: hacia una inteligencia artificial al servicio de la humanidad

Y aquí aflora la contradicción fundamental: la inteligencia artificial es un producto social por excelencia, levantado sobre el conocimiento humano acumulado y sobre el trabajo de millones, y sin embargo sus frutos son acaparados como propiedad privada por un puñado de monopolios y de Estados. Es la contradicción entre el carácter social de la producción y la apropiación privada de sus resultados, reproducida en las fuerzas productivas más avanzadas de la historia. El problema fundamental reside en la propiedad de los medios digitales de producción y en el control sobre ellos, y esto es lo que traslada la batalla del terreno de la queja sobre la tecnología al terreno de la lucha de clases.

Lo que tenemos hoy delante no es un destino técnico ineludible. Es el producto de decisiones políticas y económicas que sirven a los intereses del capital, y puede ser combatido. Ello exige una organización de izquierda, progresista y de derechos a escala mundial, trabajar por construir alternativas digitales de izquierda y progresistas, situar la infraestructura de datos bajo el interés público y la administración social, convertir los algoritmos de «cajas negras» en software de código abierto sometido a auditoría independiente, imponer la transparencia en el diseño de los modelos y en las fuentes de sus datos, apoyar alternativas digitales cooperativas propiedad de quienes las usan y de quienes trabajan en ellas, y orientar esta tecnología al servicio de las necesidades de la sociedad y de la justicia social.

Sin estos mecanismos, el llamamiento a las leyes y a la supervisión sigue siendo general e insuficiente, y la tecnología continúa rehén de un puñado de corporaciones monopolistas y de grandes potencias. En cambio, mediante la propiedad social, la rendición de cuentas social y las alternativas cooperativas, se vuelve posible arrancar la inteligencia artificial a la lógica del monopolio y del beneficio, y convertirla en propiedad colectiva y en un medio de liberación humana.

Rezgar Akrawi is a leftist writer and researcher focused on technology, AI, the digital revolution, and the development of contemporary leftist thought and practice in response to these transformations. He works as an expert in systems development and e-governance and is a theorist of the concept of the 'Digital Left'.

Comments